El levantamiento de Junio de 2013 atacó al hard power brasileño

Entrevista a Giuseppe Cocco ao IHU online (Patrícia Fachin y Ricardo Machado), traducido y publicado en español por Décio Machado, para la Fundación ALDHEA, 27/9/17

Qué fue lo que el testimonio de Antonio Palocci trajo de novedad al escenario de la Operación Lava Jato? ¿Hay alguna sorpresa en la decisión de Palocci, a diferencia de José Dirceu de colocar las cartas en la mesa?

La “delación premiada” es un mecanismo jurídico que, una vez que abre una brecha, tiende a convertirse en una “bola de nieve” y se vuelve una avalancha cada vez mayor, hasta que el poder logra reorganizarse y poner la maquinaria judicial nuevamente es su lugar: la criminalización de los pobres y de cualquier instancia realmente democrática. Se habla mucho de “crisis moral” en Brasil, como si la novedad fuera la propia “corrupción”. Sin embargo, la única novedad es que por una vez un sector de la magistratura decidió hacer el trabajo que debería ser normal en Brasil si existiese democracia. El Italia, donde la delación premiada (llamada ley de los “pentiti”, de los arrepentidos) fue implementada a finales de la década de 1970 para combatir a las organizaciones de la izquierda armada, el dispositivo fue tremendamente eficaz: en tres años, entre el 7 de abril (cuando Toni Negri fue arrestado) y 1982, la magistratura y las policías acabaron de raíz con todas aquellas organizaciones. Los éxitos técnicos de la represión fueron multiplicados políticamente por la desmoralización ética que la difusión de los acuerdos de delación premiada creó.

A partir del momento en que comenzó a funcionar, el dispositivo de la colaboración se desdobló a lo largo de dos líneas: por un lado, hubo una modulación de los niveles de colaboración y de las penas, por ejemplo, con la figura del “disociado” (que no colaboraba pero pasaba a condenar políticamente a las organizaciones de la lucha armada y recibía un ablandamiento de las condiciones carcelarias de la pena); por el otro, la tecnología jurídico-represiva pasó a ser usada contra la mafia y, tras la caída del muro de Berlín, contra el sistema de los partidos políticos. La operación “mani pulite” (el antepasado de la Lava Jato) fue, por lo tanto, la tercera onda del dispositivo.

En la actualidad, en Brasil y en un contexto totalmente diferente, la delación premiada empezó a aplicarse a partir de la parte más “madura” de la experiencia italiana, atacando directamente la corrupción sistémica, es decir, sectores del dispositivo predatorio del estado neoesclavista que une a las grandes empresas (estatales y privadas) al sistema de los partidos. La Operación Lava Jato tuvo tres “condiciones” o tres características de “pegada”:

1. La gran legitimidad que llevó al levantamiento ciudadano de Junio de 2013 (como para ver que los “enemigos” que se movilizaban en Junio –aquí en Rio de Janeiro- fueron casi todos detenidos y/o investigados: Cabral, la Fetranspor, el secretario de Salud, el personal involucrado en las resistencias a la Copa de la FIFA y las Olimpiadas, etc).

2. La explicitación de la farsa electoral y del fracaso económico del gobierno Dilma-Lula-Temer (que tuvo como consecuencia las caceroladas y las grandes manifestaciones por el impeachment.

3. La decisión de los jueces de Curitiba de inicialmente enfocarse en el sector empresarial: directores de Petrobras, contratistas y petroleros.

Este fue un detalle muy importante, porque evitó un “foro privilegiado” que habría funcionado (y todavía funciona) como un obstáculo para que la bola de nieve no se convierta en avalancha en el ambiente político, mediante la multiplicación de las delaciones entre los grandes caciques del sistema partidista.

La Operación Lava Jato solo tuvo “pegada” en los políticos que ya no tenían esa protección o la perdieron puntualmente (como en el caso de Eduardo Cunha o de Delcidio del Amaral, antes de él). El mecanismo de funcionamiento mostrado con los políticos tras las últimas revelaciones mostraron (JBS y Funaro) revela: por un lado, Aécio Neves logró ser liberado por Supremo Tribunal Federal (STF); por el otro, Michel Temer y compañía hicieron incluso de la propia delación un negocio de compra y venta del “silencio” –habla quien no recibe el dinero necesario para “sostener eso”. Tal vez esa sea una de las explicaciones para Palocci también, pues el PT se homologó al resto de la política brasileña y robó del mismo modo, haciendo las mismas cosas que los demás.

Pese a todo, la novedad parece estar en el hecho de que Palocci parece haber decidido colaborar. Sería el segundo dirigente político del PT en hacerlo. El primero fue el senador Delcidio del Amaral. El PT dispone de escasos recursos para desacreditar a Palocci. Dos argumentos se están manejando en ese sentido: por un lado su pasado, donde se intenta explotar su origen político trotskista; por otro, está la crítica a la Operación Lava Jato, donde se dice que se “torturaría” a los presos para obligarlos a colaborar. La primera es simplemente despreciable, pese a que el marketing del PT ha mostrado una rara eficacia para efectivizar cualquier cosa. La segunda tiene más que ver con el discurso de los abogados y es muy débil, sobre todo cuando observamos las condiciones infernales del tratamiento judicial y penitenciario aplicado sobre los pobres (incluso en estos más de trece años de gobierno federal petista y en los gobiernos estatales del PT). Ese garantismo de la geometría variable aparece claramente como lo que es: mero cinismo.

¿En términos políticos, que significa el testimonio de Palocci en la Operación Lava Jato?

Los significados políticos son muchos. En general, me parece abrumador para el PT y el “lulismo” en general. Sin embargo, la candidatura de Lula para 2018 ya se ha convertido definitivamente en algo parecido a todas las demás, con dinámicas de marketing totalmente independientes del debate político y de cualquier preocupación ético-política. Aquí, si tenemos una diferencia entre Palocci y Amaral. Mientras que el senador era un operador parlamentario, Palocci fue la cabeza del primer gobierno Lula y del montaje de la campaña electoral que eligió a Dilma en 2010, sin olvidar que es una especie de “sobreviviente” de la generación de alcaldes que el PT tenía en Sao Paulo en la segunda mitad de la década de 1990 (dos de los cuales fueron asesinados misteriosamente). Por otra parte, el tono de voz y el tipo de razonamiento que utilizó ante el Tribunal son similares a los que podría haber usado en una rueda de prensa cuando era el todopoderoso ministro de Hacienda de Lula o el ministro de la Casa Civil de Dilma.

Palocci sabe –porque lo construyó- perfectamente cual fue el modo de funcionamiento del gobierno y del PT. Cuando él habla de “pacto de sangre”, usando un término que nos hace pensar en las películas de Coppola sobre la mafia norteamericana, se explicitan las dimensiones de una coalición de gobierno que no era entre partidos, sino entre el PT y grupos muy poderosos de grandes empresas y lobbies que aprovecharon el gobierno y la gestión del PT para amplificar aún más el nivel de control oligopólico y predatorio del Estado. En lo que debería haber sido la oposición de izquierda a los gobiernos Lula y Dilma (tanto fuera del PT como en el propio PT), se dice que Palocci debería haber sido criticado siempre, aún cuando era ministro, por haber sido el defensor y articulador de las políticas neoliberales dentro del gobierno de Lula. El gobierno de Dilma (liderado por Mantega y Barbosa) y el gobierno Temer (liderado por… Henrique Meirelles), quienes mandaron y mandan son siempre los mismos intereses de las grandes empresas y sus lobbistas –contratistas, automotores, productoras de commodities y los bancos-.

El levantamiento de Junio de 2013 logró, por primera vez, atacar el hard power, la estructura fundamental del poder en Brasil, aquellos que mandan, independientemente de gobiernos y coaliciones. Los regímenes y los gobiernos pasan y ese hard power queda: reproduciéndose y negociando su (ab)uso del Estado, ya sea con la dictadura, la oligarquía bahiana, los tucanes, el PMDB o el PT de Lula. Lo peor, con Lula y Dilma, fue la retórica neodesarrollista, el marketing electoral y el “pre-sal” que permitieron una renovación ampliada de ese pacto predatorio y neocolonial del que vive este tipo de capital parasitario que se nutre de las venas abiertas no sólo de Brasil sino de América Latina y África. La tragedia que vive Rio de Janeiro es emblemática en este aspecto.

¿Cómo evalúas la iniciativa del PT de iniciar el proceso de expulsión de Palocci del partido?

Me parece algo irónico ante la ausencia de cualquier tipo de autocrítica y cambio en el PT. Esto se acerca más a un “ajuste de cuentas”, algo que acaba reforzando que hay un “pacto de sangre”.

¿Cómo su testimonio impacta política al PT y Lula?

Para discutir este impacto necesitamos saber de qué estamos hablando. Podemos decir que hay “3” PT: el “PT que manda”, la llamada “izquierda del PT” y la nebulosa de los Frentes (Brasil Popular y Brasil sin Miedo) que congrega ese fenómeno llamado también “voto crítico”. Lo que yo llamo el “PT que manda” nos mostró que tiene dueños y por eso es inmutable. En ese PT, los generales que pierden las batallas son promovidos y son siempre los mismos. La nueva presidenta nacional del PT es la expresión exacta de esa inexpresividad del “PT que manda”, donde todo depende de la figura carismática de Lula. El Partido que debería ser instrumento de progreso es estructuralmente conservador, sin ninguna democracia interna, sin ninguna vida: un cadáver político, como el PMDB, el PSDB, el DEM. Este es y siempre ha sido (desde que el PT se convirtió en una realidad electoral nacional) el único PT: “el PT realmente existente”. Podemos entonces hacer una crítica y una autocrítica: no tener suficientemente en cuenta esa realidad. Personalmente, pienso en las críticas justas que intelectuales como Francisco de Oliveira o Paulo Arantes hacían desde principios de la década del 2000 o incluso antes. Hay que reconocer que tenían razón y anticiparon una putrefacción que ahora tiene consecuencias nefastas no sólo para toda la izquierda, sino también para la propia idea de izquierda.

Después está la “izquierda del PT”: la parálisis de la izquierda del PT es realmente un fenómeno interesante e inquietante. Ellos podrían ahora acumular, decir que la crisis del partido y ese desastre fueron anticipados por esta izquierda petista, recordar el intento abortado de renovación que Tarso Genro intentó desarrollar en 2005. Por el contrario, la izquierda del PT no emite (y no admite) ninguna crítica y se ha convertido en un disciplinado auxiliar de los “dueños” del partido. Si el “PT realmente existente” es éticamente corrupto, la “izquierda del PT” se ha corrompido políticamente ¿Qué sucedió?

Podemos avanzar tres hipótesis:

  1. Cuando llegó el momento de volver al desierto, las críticas eran tradicionales “al cajón” y todos se alinearon en defensa de… empleo, posición, etc., del espacio institucional. Esto es bien irónico: la corriente Democracia Socialista continúa llamando a la nomenclatura de los intelectuales antiglobalización para defender a Lula y Dilma, es decir, aun ven una posibilidad política aunque luego abandonan el barco con sus maletas hechas, como fue el caso del Alcalde de Canoas (Jairo Jorge, que se fue para el PDT) o aquel del Alcalde de Niterói (Rodrigo Neves, que se fue al PV).
  1. La izquierda del PT no tiene nada que proponer. Más allá de genéricas críticas a las reformas “de Temer”, la izquierda del PT no sabe qué reformas proponer. Peor, no saben qué decir sobre el desastre macro y microeconómico de la Nueva Matriz Económica implementada por Dilma y Mantega, a no ser dar especio retórico a la doxa neokieynesiana de los viejos economistas de la Unicamp o de algunos jóvenes uspeanos.
  1. En fin, se hizo explícito que la izquierda del PT estaba totalmente rehén de ese síndrome que desde Esopo hasta La Fontaine pasando por Fedro, la sabiduría popular llama “la mosca en el vehículo”: la izquierda del PT era apenas una mosca en el vehículo de Lula, y sin él está perdida.

Tal vez sea esa silenciosa realidad la propia inexpresividad que reproduce la inexplicable lealtad de la izquierda del PT al aparato corrupto del “PT realmente existente”, al igual que hacían muchos antaño respecto al socialismo real. Por otra parte, esto se ve claramente en el apoyo que el PT realmente existente y la izquierda del PT manifiestan al régimen de Maduro en Venezuela, pasando de puntillas sobre el problema del hambre impuesto a los pobres venezolanos por un régimen autoritario e inepto, aunque siempre habrá una CIA en la vida para explicar lo que sucede allá sin cuestionar a quienes allá mandan. En fin, el resultado final de lo sucedido con el PT bien podría ser un mix de las tres hipótesis.

Esto nos lleva a la tercera dimensión del “gobernismo”, la nebulosa de los Frentes, los oriundos del “voto crítico”. Esta nebulosa es paradójica, pues junta posiciones que teóricamente deberían ser opuestas. Pero la paradoja es sólo aparente. En esa nebulosa –que nos era cercana, parte de ella eran (o son) amigos y amigas- se encuentran aquellos que desde Junio de 2013 insisten en decir que el levantamiento fue fascista (por ejemplo, Tarso Genro o Fernando Haddad) y aquellos que dicen que Junio fue, si, algo nuevo, pero sistemáticamente cierran filas con el PT y el gobierno… ante las amenazas “conservadoras” a las “conquistas” de los gobiernos petistas.

Las dos posiciones son contradictoras pero complementarias. Una complementariedad totalmente paradójica que muestra que la nebulosa frentista es un movimiento político no mortoso. Los que decían que Junio era fascista (Tarso) y que el Movimiento Passe Livre era terrorista (Haddad) nos muestran que, aun habiendo mantenido distancia del cinismo lulista, perdieron totalmente la capacidad de aprender en los procesos de producción de la subjetividad, o sea, de las luchas y de los movimientos sociales. De tanto tiempo que pasaron en los palacios y en los ministerios, acabaron creyendo que Brasil se convirtió en Suiza, donde sería muy extraño que una indignación generalizada se manifieste por el país.

Aquellos que reconocen que Junio era un movimiento auténtico y que al mismo tiempo sistemáticamente se adhirieron a todas las narrativas falsas del marketing oficialista (desde la campaña electoral criminal de 2014 hasta la mentira del “golpe”) se colocan en la posición de “querer explicar” a la izquierda lo que sería la subjetividad. Estos entienden que en Brasil la cuestión no es “¿porqué manifiestan?”, sino “¿porqué no manifiestan?” y al mismo tiempo se quedan con miedo ante la radicalidad de la protesta y necesitan el cercado de la izquierda para dar sus “consejos”.

Así, el Frente, que sea Brasil Popular o Brasil sin Miedo, no tiene y no va a tener dinámica alguna: no porque sea contradictoria, sino porque la paradoja que la constituye es en realidad un tremendo dispositivo de destrucción política: la subjetividad que Tarso y Haddad no entienden es realmente destruida por los que dicen que la entienden y la llevaron (y continúa llevando) al rebaño oficialista. Para construir algo nuevo, necesitamos deconstruir ese dispositivo. No es el lulismo remanente quien bloquea la reanudación de las luchas, es ese dispositivo frentista el que convierte a la crítica en algo impotente.

¿Cómo reaccionaste ante la carta de Palocci al PT?

La carta de Palocci confirma que se está abriendo otra fase política de la relación del PT con la cuestión de la corrupción, algo que me hizo pronto pensar lo que sucedió en Italia cuando las colaboraciones judiciales (en la izquierda armada) se convirtieron en arrepentimientos políticos. Las cartas de “disociación” que muchos intelectuales italianos firmaron desde las cárceles son parte de eso y han sido aún más eficaces en el desmonte -para bien y para mal- de la izquierda radical de aquella época. Palocci, por lo visto, decidió hacer las dos cosas y mostró que tiene “bambúes”. Puede revelar los entresijos de cómo tras la elección que Lula y el PT se hizo para usar la victoria política y electoral ante el escándalo del “mensalao”, evitando debilitar la política patrimonialista y predatoria contra la que nació el PT, y más bien generalizándola. No reindustrializaron el país, sino la corrupción. Usaron el apoyo que les dio mucha gente en el año 2005 (en mi caso particular, mediante un manifiesto por la radicalización democrática), olvidándose totalmente de lo que decíamos desde el punto de vista de la democracia y del programa. La incompetencia y el autoritarismo de Dilma fueron la cara del “Lula realmente existente”. El apoyo que muchos amigos y amigas que firmaron el manifiesto que escribí en 2005 (cuando escribía con Negri en la Folha de Sao Paulo: “Lula es muchos”) se mantuvo hacia Lula y el PT, lo cual en la mejor de las hipótesis, transformó lo que era un error de análisis político (decir que Lula era muchos fue equivocado, pues Lula trabajaba por los menos, los Eikes, los Temer, los Odebrecht y los hermanos Bautista) en complicidad política con la quiebra de la izquierda y de consecuencias potencialmente nefastas, entre ellas la emergencia electoral del fascismo.

¿Cómo entender la total falta de autocrítica del PT y de la izquierda?

El problema del PT no es el de no hacer autocrítica o si su marketing es cínico y falso aunque funcione. El mecanismo fundamental que lo hace funcionar sigue siendo el del voto crítico, de esa destrucción de la subjetividad producida por los “profesores de la diferencia”. Quien destruyó (y destruye) la subjetividad fueron y son ellos. El PT no sabía hacer eso. Antes de Junio, de manera equivocada o correcta, se podía decir que el PT en el gobierno permitía (o no era un obstáculo) la producción de subjetividad de la diferencia. Votar o no por el PT era relativamente indiferente a las luchas (aunque en Rio de Janeiro ya desde la posesión de Eduardo Paes en 2009 era claro que el PT era un agente fundamental de un proyecto de destrucción de la potencia de los pobres).

Después de Junio, quedó claro que el PT era enemigo de esa diferencia y que la reelección de Dilma era explícita y efectivamente una derrota de todas las singularidades de lucha que Junio había unificado. Los “profesores de la diferencia” –en parte por nunca haber tenido una verdadera experiencia de movimiento, otra parte por transformar sus paranoias en análisis político- se adhirieron al proceso de totalización autoritaria urdido desde las lógicas del marketing petista. Aquellos que dieron contenido a esa totalización desastrosa, aquellos que se reunieron en el TUCA para aplaudir a Dilma en la segunda vuelta, y circularon en las calles mistificadas bajo las proclamas de Ninja, del Fora do Eixo, fueron los profesores que se dicen de la diferencia y que, a la hora “H”, olvidaron todo lo que escribieron sobre Foucault, Deleuze, Guattari, Agamben y hasta del Comité Invisible y se fueron de vuelta al cercado protector de la totalidad petista, una totalidad miserable.

El levantamiento de Junio permitió ver (junto a todo el ciclo que viene de las primaveras árabes, pero que podríamos remontarnos hasta 1989, al “occupy” Tiananmen) como funciona hoy la sociedad de control, entre poder y resistencia. El capitalismo y el control hoy logran organizar la producción dentro de la circulación, pero no ya unificando en las fábricas y otras instituciones disciplinarias lo que fue “partido” (proletarizado), sino modulando continuamente los fragmentos: la precariedad del proletariado se mantiene. Incluso cuando es movilizado, ese proletariado se convierte en “precariado”. Ante eso, la izquierda –marxista y no (lacaniana por ejemplo), desde Harvey hasta Zizek pasando por varios Boaventuras tras el coqueteo con Habermas- pasó a creer (desde los años 1970) que todo esto era un producto ideológico de la posmodernidad, que era necesario defender lo moderno y su producción (dialéctica) de totalidades: el Estado contra la Globalización, la Clase Obrera contra el Capital, y la economía real contra las finanzas ficticias.

Mas de 40 años después y tras que China comunista se convirtiera en la última mega-fábrica del planeta, tenemos algunas evidencias: la posmodernidad (y el neoliberalismo) no es una ideología, sino la condición material de un capitalismo que ya no necesita homogeneizar los fragmentos (los pobres, los precarios, los migrantes, los indígenas, los “excluidos”) dentro de su disciplina para organizar la producción. La sociedad de control organizada por modulaciones continuas de los fragmentos: el proletario pasa a trabajar sin perder su precariedad, el pobre es movilizado continuando viviendo en la favela, el indígena es valorado en sus reservas, el excluido es incluido continuando siendo excluido.

El capitalismo contemporáneo funciona como un gran dispositivo de “ensamblar” los fragmentos producidos por el juego de las nuevas y viejas totalizaciones: ensamblajes siempre efímeras, just in time, y flexibles, como la lean production. Esto no significa que el poder no produzca más totalidades. Por el contrario, las antiguas totalidades (“modernas”) continúan valorándose para producir aquellas posindustriales: así, la permanencia del “derecho del trabajo” fue (y es) funcional al no reconocimiento del trabajo que ocurre fuera de esa “totalidad”: es la permanencia de ese horizonte del derecho del trabajo (sindicalismo de la piel, sistema corporativo, protección social excluyente) que acaba destruyendo las capacidades de lucha de los nuevos sujetos, mientras la reforma laboral sólo viene para ratificar lo que ya ocurre. Ante esto, la izquierda, en su amplia mayoría, quedó defendiendo la construcción de sus propias totalidades: la Clase Obrera (el izquierdismo) o el Estado Neodesarrollista (el pragmatismo). Izquierdismo y pragmatismo se encuentran justamente siempre en esto: uno queriendo organizar como clase lo que el otro quiere organizar como trabajo mismo, la movilización obrera que transforme los fragmentos en clase. Por eso son siempre las dos caras de la misma moneda.

Ahora, esos 40 años de implementación de la globalización neoliberal fueron también 40 años de luchas y resistencias en que los pobres, los indígenas, las mujeres, los negros, los homosexuales, los sin techo y los sin tierra mostraron que la fragmentación es sólo la otra cara, aquella de las singularidades que, justamente, luchan y resisten en cuanto tales, sin dejarse homologar ni como fragmento, ni como totalidad. Esas singularidades que resisten y a veces llegan a constituir Zonas Autónomas en alguna selva Lacandona o en una Villa Autódromo, en una Aldea Maracaná o en un Norte Común, quieren y necesitan volverse de temporales a permanentes, o sea, producir las instituciones de su singularidad, algo que en las redes de Internet pasó a llamarse Common o los “Comunes” (y fue injustamente apropiado por una nostalgia generalizada por el Comunismo y ahora por algo como un neoleninismo).

Todas estas micro-resistencias, para poder enfrentarse a los dispositivos de control, necesitan unificarse y, en su unificación, se pierden, se vuelver “macro”: como se pierden sistemáticamente en el sindicalismo, como se perdieron en el PT, como se pierden en el sin número de ONGs mercenarias producidas por el doble mecanismo estatal y privado del mecenazgo social (la más cínica de las cuales tiene la ironía de definir como “fuera” su proyecto de estar “dentro” del eje del poder), o en el aparato de movimientos identitarios que sólo ocurren en los gabinetes de los palacios.

El poder homologa las micro-resistencias construyéndose como “plataforma” de funcionamiento de los fragmentos. Las micro-resistencias chocan en esas plataformas, que pueden ser el UBer o la Copa de la FIFA, el Airbnb o las Olimpiadas, las Redes Sociales o las ONGs propietarias. El milagro de Junio de 2013 fue que –por un momento que duró mucho tiempo- esas micro tensiones se juntaron y lograron enfrentar esas totalizaciones. Fue porque se unieron contras las totalizaciones de la representación que las micro-estructuras consiguiendo enfrentar la fragmentación y constituirse como singularidades. El PT y la izquierda en general –menos en Rio de Janeiro donde la complicidad con el esquema de Cabral y de Paes ya era explícito y embarazoso- no eran visados, pero aún así se sintieron amenazados por la certeza que tenían de ser aparatos de totalización.

En Junio, ya no era el dispositivo de ensamblar fragmentos el que funcionaba, sino las agendas de resistencias de las singularidades irreductibles. Lo que el gobierno logró hacer, empezando por la represión del movimiento contra la Copa y luego con la multiplicación de las narraciones paranoicas -voto crítico, golpe y el fuera Temer-, fue restaurar el proceso de totalización, la construcción del “pueblo de izquierda”: todos juntos contra Marina Silva y Aécio Neves -para en realidad elegir a Temer-, todos juntos contra el golpe -para en realidad mantener a Temer-.

Esto es lo que exaltó las dinámicas de fragmentación y convirtió a las movilizaciones en incomprensibles salvo para la nueva derecha: la restauración de Junio fue el hecho de que cada singularidad, cada micro-resistencia volvió a ser un fragmento en lucha contra otro fragmento. Todos peleando contra todos.

Las redes sociales, que habían funcionado como un mecanismo increíble de participación pasaron a funcionar al revés: el régimen Fake de la pareja Santana y los linchamientos contaminaron las dinámicas del compartir, y el empoderamiento de un montón de gente sin ninguna experiencia real de lucha alimentó la máquina paranoica de la binarización, tirando en la basura las capacidades de lucha. El “lugar de habla” se convirtió en el passe-partout, la piedra virtual de un sin número de linchamientos reales.

¡En esas seguimos!

Giuseppe Cocco es graduado en Ciencia Política por la Université de Paris VIII y por la Università degli Studi di Padova, doctor en Ciencia, Tecnología y Sociedad por el Conservatoire National des Arts et Métiers y en Historia Social por la Université de Paris I (Panthéon-Sorbonne). Actualmente es profesor titular de la Universidad Federal de Rio de Janeiro – UFRJ y editor de las revistas Global Brasil, Lugar Común y Multitudes. Corrdina la colección A Política no Império (Civilização Brasileira).


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