Chavista (I): la biopolítica de la deuda y el consumo

Por Jeudiel Martínez, em outubro de 2017, para a Uninômade Brasil

Habla de lo que él llama la Unidad de las cosas, al mismo tiempo que no deja de pensar en la posibilidad de su unificación empírica.

William James

Lo que distingue a los chavistas es la creencia en la excepcionalidad de su caudillo quien les parece una figura incomparable en la historia, al menos en la de Venezuela. Esto no es nuevo: en América Latina –en Iberoamérica podríamos decir- tenemos una larga tradición de culto a la personalidad que pasa por figuras tan distintas como Franco, Perón y Fidel Castro. Pero lo que distingue a Hugo Chávez entre estos caudillos es su cualidad de redentor, de doble de cristo,  de ahí que el haya sido el más religioso, el pastoral, el predicador: señor de sermones y monsergas y arquitecto de una extraña iglesia estatista.

Pocos han reparado en que la relación tan estrecha de Chávez con Bolívar no puede entenderse sin Cristo: el mito fundacional del chavismo es la fabulación que hace de Bolívar un doble de Cristo y de Chávez el de Cristo-Bolívar, el redentor. No es el momento para detallar en eso pero la invocación de Bolívar por Chávez no es épica, no es al guerrero que fundó el estado sino a un doble de Cristo, un avatara, que nos trajo la salvación. Una vieja canción de Alí Primera expresa claramente ese motivo crístico que está presente en Venezuela desde hace más de un siglo:

Si Jesucristo sacó

Los mercadores del templo

Bolívar también volvió

A liberar a su pueblo.

Chávez es el Bolívar que retorna pero Bolívar era el cristo guerrero que redimió a los venezolanos y fundó el estado. Se trata de una triangulación: Cristo-Bolívar-Chávez que solo fue visible claramente tras la muerte del caudillo y su definitiva apoteosis cuando se convirtió en algo inmaterial: el gigante, el eterno, etcétera.

Aunque está lejos de ser todo lo que sus seguidores quieren que sea, si hay algo en lo que Hugo Chávez es extraordinario, algo que le da una cualidad de personaje de literatura fantástica o de megalómano de cómic y eso es, precisamente, el carácter abiertamente metafísico de sus pretensiones. Su cualidad de sacerdote, pastor y predicador son apenas signos de su proyecto que era metafísica pura: “unidad, unidad, unidad”, la producción de lo Uno, el fervor por una unidad más allá de cualquier diferencia, de cualquier fisura.

Un pueblo entero fusionado con el estado en un solo cuerpo y una sola alma; indivisible, unánime, monolítico; una “gran pirámide” hecha con seres humanos y comandadada, en el tope, por un líder que representaba totalmente a esa unidad. Para Chávez, quien era un metafísico práctico, la Unidad era el Bien, solo existía bien en tanto había Unidad y de la desunión solo podía surgir el Mal.

Desde hace décadas se le ha dado el apelativo de “faraónico” a gobernantes venezolanos como Marcos Perez Jiménez o Carlos Andrés Perez, pero probablemente ningún otro gobernante del siglo XXI –ni de Venezuela ni del resto del mundo- se haya tomado tan en serio el proyecto de producir un leviatán, un estado a la manera de la mega-máquina de Mumford en que cada individuo es pieza de un cuerpo estatal que no deja nada por fuera y no tolera autonomía alguna: “neoarcaico” ha llamado Enzo del Búfalo a ese diseño que, desde el punto de vista económico es, en efecto, una “peonia del siglo XXI”, pero este es solo un aspecto de la megamáquina chavista que también tiene rasgos de iglesia, de ejército y de burocracia.

El chavismo básicamente es una gubernamentalidad, un modo de gobernar que, evidentemente, remite a un linaje que remonta tanto al mercantilismo como al estalinismo y todos los socialismos y desarrollismos del tercer mundo; pero el chavismo se distingue por los extremos a los que tiende a llevar esa Unidad bajo el estado. Desde los años setentas los grandes desarrollismos y estatismos de Eurasia y el Tercer Mundo han aprendido a abrirle paso a la pluralidad en ciertos dominios (libre mercado, multipartidismo, etcétera) y a hacer el neoliberalismo por sus propios medios. Pero en las condiciones venezolanas donde la identidad entre estado y capital es inmediata (pues el estado es el propietario de PDVSA la mayor empresa del país y la principal generadora de divisas) el estado no necesita de una sociedad productiva y el proyecto neoarcaico puede llegar a extremos delirantes.

Y en efecto, esa dependencia de la sociedad y la población frente a un estado que monopoliza la renta petrolera –única riqueza- permite que proyectos ya olvidados como el de suprimir el sistema multipartidista o el de estatizar todos los mercados hayan podido renacer en Venezuela. Ese proyecto metafísico de unidad que es la gubernamentalidad chavista tiene cuatro líneas o cuatro aspectos que, evidentemente, están estrechamente relacionados entre sí, las cuatro líneas de su diagrama:

a) Biopolítica: trata, sobre todo, de organizar la deuda y el consumo, tal como en los países neoliberales, pero aplica el mismo principio con un giro: el estado “compra la deuda social” y la convierte en deuda política de la población para con él. Pero es un consumo que excede a la producción, que pasa por mercados estatales o estatizados, inflado por una moneda sobrevaluada, e incrementado por una enorme cantidad de “políticas sociales” que hacen circular bienes o servicios. Así, la biopolítica chavista reposa, ante todo, en una enorme red de consumo gracias a la cual la población podía acceder a sus objetos de deseo o satisfacer sus necesidades, es la bioeconomía de un estado importador que extrae riquezas del enclave petrolero y no de la productividad social. Esto genera una deuda enorme, pero no económica sino político-clientelar: a la deuda infinita corresponde una lealtad infinita con el gobierno. Se trata de una mutación del clientelismo.

b) Neuropolitica: trata del gobierno de las funciones superiores del viviente y se dirige a los afectos, las percepciones, la memoria, el flujo de las imágenes, todo el marco vital en el que emerge el pensamiento. Lejos de las viejas doctrinas marxistas sobre la “ideología” y la “toma de conciencia” la neuropolitica del chavismo no trata de meter las “ideas correctas” en la cabeza de la gente sino de gestionar sus estados de ánimo y modular sus afectos, establecer el modo de vida o la situación vital en que pueden tenerse ciertas ideas o creerse ciertas cosas. Por ejemplo, hay toda una ingeniería de la adoración a Hugo Chávez y del odio al “escuálido”, una cursilería o sentimentalismo de estado que se transmite a través de ciertos sonidos, de ciertos colores, de ciertos estímulos. Se trata menos de moldear la conciencia que de conducir la percepción y la atención, incluso, de confundir. ¿A qué le hago caso? ¿al desastre que veo en la calle o a lo que me dicen en la televisión pública?, Ya el problema no es que el “militante” tenga un pensamiento correcto, ortodoxo, sino de conducir su pensamiento a través de unos tópicos o de un imaginario, proyectar esas imágenes en él, atraparlo en el sueño de otros. La culminación de esto es la relación afectiva con el gobierno que determina que puede creer, pensar o hacer una persona.

c) Cosmopolitica: Gobernar es, obviamente, una de las tantas formas de hacer un cosmos ¿Qué tipo de cosmos quería hacer el chavismo? Un gran cuerpo, un cosmos estatal donde el estado es un Arca de Noé que fagocita a la sociedad al “rescatarla”. Todo este modo de gobernar se reduce a una sola formula: nada fuera del estado, así, el chavismo en ese sentido es la devoraçao de la sociedad por el estado a través de una interminable lista de intervenciones directas: desde burocratizar las organizaciones populares de los barrios hasta decirle a los panaderos como usar la harina. De ahí viene la tendencia del gobierno de Chávez a nacionalizar en exceso. Pero sus formas de fagocitar son mucho más complejas que la mera nacionalización: había que hacer un cuerpo con la población gracias al corporativismo, un alma y un intelecto gracias a la publicidad estatal, todo un cuerpo burocrático y político conectado con el gobierno nacional como único centro de acción y decisión. Los discursos de Chávez estaban llenos de alusiones a gigantes hechos de civiles y militares o de estado y de pueblo, su imagen del estado semejaba a la de un enorme monumento viviente, piramidal o cónico, que recuerda a las máquinas cósmicas de Jack Kirby, pero organizado todo en torno a un único centro, una única voluntad.

d) Tanatopolítica: Esta es la política no solo de la potestad de matar, del derecho de matar, sino del dominio que reposa en ese derecho. Es la política de lo que en Venezuela se llama “malandreo”: el dominio mediante la violencia homicida. Es sintomática la creciente importancia de la Tanatopolítica en el periodo chavista: al principio era parte del modo de existencia del crimen y de las fuerzas policiales y militares, más un dato con el que el chavismo se encontraba que algo propio de el: pero a medida que la sociedad se hace cada vez más violenta y el estado se descompone más, esta empieza a atravesarlo, a impregnarse en él: el culto a los criminales promovido desde televisoras públicas, la creciente impunidad de los homicidios, la privatización de las cárceles a mafias, el proyecto de las “Zonas de Paz” que creaba santuarios para criminales violentos, la organización de los grupos parapoliciales llamados “colectivos” y todas las formas de reclutamiento del crimen violento, despótico, visto por cierto chavismo como fuerza “popular”. El signo del ascenso de este poder es el estado de excepción fragmentario, fractal, que se impone en los barrios populares, las minas de oro del sur de Venezuela, las fronteras y las cárceles. Ese “tanatopoder” despótico del crimen organizado que el estado vio crecer con complacencia se había hecho tan fuerte para 2015 que el estado empieza a temerle, a verlo como fuerza subversiva: es entonces cuando, en vez de terminar el estado de excepción, el gobierno lo lleva al extremo, lo multiplica: con las “Operaciones para la Liberación Humanista del Pueblo” el estado diseña su propia tanatopolítica basada en una violencia indiferenciada contra la población.

Este es el diagrama del chavismo. Al concretarse en aparatos, dispositivos y mecanismos concretos el resultado es una serie de colapsos:

a) En el primer caso de la pareja monopolio estatal/mercado negro emerge la escases.

b) En el segundo, de la pareja enamoramiento /ensoñación emerge la confusión.

c) En el tercero de la pareja burocratización/colapso emerge la descomposición.

d) Y en el cuarto de la pareja impunidad/ represión emerge la violencia despótica.

A la combinatoria o encuentro de todas esas líneas de colapso le decimos corrupción, degeneración de los tejidos sociales, las instituciones, los servicios públicos, etcétera, corrupción que deja de ser un efecto para convertirse en una forma de gobernar.

Biopolítica de la deuda y del consumo

Aunque no lo parezca chavismo y neoliberalismo se basan en un mismo principio: la deuda infinita. Pero la deuda chavista no es una financiera, es una clientelar, política: no un pago de cuotas e intereses sino de lealtad. El estado pretende ser el “sugar daddy” de todo el mundo, el marido posesivo que paga las cuentas, y la sociedad tiene que retribuirle como se supone que se le paga a los sugar daddy: con los pantalones en los tobillos o las rodillas en el suelo. Esta imagen define al modelo: Hacer del gobierno el marido de una sociedad improductiva, de una sociedad a la que se condena a ser improductiva. He ahí el sentido de la cosa.

Por eso los chavistas te dejan claro que los derechos se tienen “solo en revolución” y que hay que estar agradecido con el gobierno: siempre ha estado claro que los “derechos sociales” están subordinados a que el chavismo esté en el poder y que, para que lo siga estando, la gente tiene que apoyarlo incondicionalmente. En realidad el chavismo no pide mucho y a la vez lo pide todo: que se reconozca la deuda infinita y que se la pague con lealtad infinita.

Establecer normas, patrones y estándares de vida en una sociedad anómica como la venezolana es muy difícil y al estado no le interesa: como en todos los países de América Latina la vida de la mitad de la población transcurre en barrios que están abandonados a sí mismos, a una biopolítica del crimen y la precariedad… ¿Cómo es entonces la intervención biopolítica de un estado que ni siquiera puede bajar el porcentaje de embarazo adolescente o el de muertes violentas entre jóvenes? Que el estado “se haga cargo de la vida” en Venezuela quiere decir, sobre todo, que establece una serie de intercambios y comercios con la población, que la provee sin cambiar las condiciones en que esa población vive. Flujos de dinero, de bienes y de ciertos servicios: la intervención biopolítica del estado venezolano es, entonces, de poco impacto.

Sé que es difícil concebir esto incluso para la gente más crítica del gobierno ¿no mejoró todos los índices de desarrollo humano? ¿No ha sido elogiado por la FAO?. ¿No disminuyó la desigualdad? Todo eso fue cierto –en un periodo determinado- el problema es con qué tipo de intervención biopolítica logró el gobierno conseguir esos efectos.

Lo hizo con tres tipos de intervenciones:

a) el flujo de moneda sobrevaluada, de dólares baratos, de objetos de deseo;

b) La hipertrofia de la política social mediante las Misiones Sociales y Consejos Comunales.

c) La corporativización de la organización popular de las bases.

La primera, que era una intervención “bioeconómica” le sirvió de marco a las otras dos: aumentando el gasto público, subsidiando el dólar, abaratando las importaciones, subiendo salarios, y haciendo circular dinero de todas las formas que pudo (prestamos, donativos, regalos, corruptelas, crecimiento de la burocracia) , es decir, mediante un keynesianismo burdo pero benévolo y, en las condiciones de 2004-2007 ,muy efectivo: la gente podía comprar, el dinero rendía, la población accedía a sus objetos de deseo y a bienes esenciales.

Luego todo esto degeneraría en una corrupción socializada basada en el monopolio del dólar: cada ciudadano tenía derecho a comprar cierta cantidad de dólares y el estado, que monopolizaba esos dólares, los vendía a los ciudadanos a un precio ridículo. Esto, junto a los contratos públicos y el peculado, fue la base de la fortuna de una nueva burguesía de estado. La moneda sobrevalorada permitió a los pobres al menos simular un estándar de vida similar al de la clase media –y en algunos casos alcanzarlo- y para la clase media, lo mismo, pero con el estándar de vida de las clases altas: viajes a Europa, compras de bienes suntuarios, todo gracias al dólar subsidiado y a estafas con esos dólares a las que el estado ignoraba deliberadamente.

Pero esto ya se había intentado antes, en regímenes anteriores, (aunque a menor escala) y no bastaba para los fines de Hugo Chávez. El sabía que necesitaba una masiva circulación de dinero artificialmente valorizado, de dólares baratos, de bienes de consumo, de objetos de deseo (automóviles, celulares, senos de silicona, viviendas) para que se le asociara con la prosperidad. También creía, sinceramente y con todo su corazón, que la pobreza se combatía con redistribución de la riqueza, pero los mecanismos para hacer fluir el dinero, los bienes, los objetos de deseo, de los que disponía eran limitados, de hecho, para una parte de la población la vida se había degradado de tal manera que no se podía asistirla sin una intervención directa. Es así como surge el segundo tipo de intervención biopolítica: las misiones.

Lo Misional

Las misiones son un éxtasis, una explosión, de la política social. Lo que en otro país gestionaría un ministerio de Bienestar Social, en Venezuela se convirtió en un laberinto de burocracias nuevas y viejas que se duplicaban y se entremetían entre sí: Misiones Sociales, Ministerio de las Comunas, organizaciones del PSUV, los ministerios tradicionales. Pero el eje de todo seguía siendo “políticas sociales”, es decir, un gobierno de “lo social”, del “sector social” en el sentido que le da Donzelot. Así, por buenas que sean tales intervenciones, solo corrigen o compensan una situación pre-existente.

Había que ver las condiciones en que las Misiones encontraban a la gente: los niveles de miseria, de abandono (inválidos que no habían podido salir en décadas de su casa, enfermedades sin tratamiento, necesidades, ruina…) para la gente que de un momento a otro veía llegar esa ayuda, que era atendida, bien tratada, visibilizada, era un milagro y Hugo Chávez era el portador del milagro, así, entre 2003 y 2012 el estado venezolano deja de ser simplemente clientelista o benefactor y pasa a ser –o al menos simula ser- pastoral, un estado cuyos fines son intervenir en lo social y visibilizar a los pobres…si a eso se le unía que la misión era una política social militante, que movilizaba a la gente, se entiende porque terminó siendo un dispositivo de intervención biopolítica pero también publicitario: esta articulación de una intervención intensiva en el “sector social” con la publicidad estatal y para-estatal es el secreto del éxito de Hugo Chávez en esos años.

En realidad las Misiones en si no eran un problema, su carácter de paliativo venía más de la concepción conformista del chavismo que generó una verdadera idolatría o fetichismo del barrio popular sin entender que esas zonas periféricas no son otra cosa que la expresión territorial , arquitectónica, de la explotación y la marginación y que, por tanto, la pobreza en Venezuela no podría ser erradicada más que con una metamorfosis completa del medio urbano y la auto valorización de la fuerza de trabajo de los barrios populares.

Me corrijo: en realidad en el chavismo parecían haber intuido todo esto pero ello habría requerido una biopolítica potente, intensiva, profunda, que estaba fuera del alcance y de las fuerzas del chavismo que se conformó con mejorar la vida en los barrios y las ciudades tal cual son, e ilusionarse con que esas compensaciones, mejoras y paliativos eran una transformación revolucionaria.

Aún dentro de ese marco estrecho al que se les redujo, las misiones estaban llenas de virtudes y potenciales, pero coartadas no solo por la perspectiva conformista en que fueron concebidas sino por las taras de un estado caótico, perezoso, en perpetuo desastre.

Esto resultó en dos grandes limitaciones:

a) Como todo en Venezuela el dispositivo era importado. Era el estado cubano el que proveía los componentes de ese dispositivo, sobre todo, una fuerza trabajo altamente calificada, afectiva, resistente, adaptable y barata que era la que activaba la atención medica primaria, los entrenamientos deportivos, los cursos de alfabetización. El estado venezolano no tiene la capacidad de generar una fuerza trabajo con esas características.

b) En lugar de que las misiones se convirtieran en parte de dispositivos e instituciones republicanas se les utilizó como un doble chavista de aquellas que el estado no pudo generar o regenerar y parte de una parodia chavista del estado y (acaso el residuo de una revolución truncada desde el inicio por su propia dirigencia). Esto es válido tanto para las misiones con impacto directamente biopolítico, como las que tenían otros fines: los hospitales siguieron en su crisis continua, las universidades en su descomposición, las policías en su corrupción mientras emergía, paralelo a ellos, unos servicios de salud chavistas, universidades chavistas, policías chavistas, canales de televisión chavistas, etcétera.

Reducidas a ser, en vez de verdaderas instituciones republicanas, simples políticas sociales (y luego tristes mecanismos de clientelismo y propaganda) las Misiones solo podían dar un efecto de compensación en una situación pre-existente: los barrios seguían siendo pobres (aunque esta es una nueva forma de pobreza que no excluye desigualdades internas y hasta el consumo suntuario) precarios, frecuentemente violentos. La salud es el mejor ejemplo: aunque se llevó la atención primaria “barrio adentro”, la seguridad social y el sistema hospitalario nunca se regeneraron, solo mejoraron un poco gracias a la abundancia de recursos, pero siguieron siendo, en su mayoría, deficientes, caóticos, precarios. Por eso la población prefería siempre la salud privada, empresarial, con la que el estado contribuyó al pagar enormes seguros de salud a los empleados públicos.

Con el tiempo la combinación de falta de recursos y degeneración burocrática haría de las misiones una sombra de lo que eran: si en algún punto podían ser el germen de un dispositivo biopolítico institucional y democrático, ahora apenas persisten o se han convertido en mecanismos clientelares o propagandísticos.

Hugo Chávez entendía perfectamente que las maquinas clientelares, son agenciamientos que tienen dos lados: uno interno que consiste en el servicio en sí y su efecto sobre el “sector social” y otro externo o expresivo que es parte de otra cosa, de una publicidad o neuropolitica. En las misiones la frase siempre desbordó al contenido, pero Chávez necesitaba más y su siguiente invento, el Consejo Comunal, utilizó la intervención en el sector social para una empresa mucho más ambiciosa: fagocitar o subsumir a la población en el aparato de estado. Aunque no logró su objetivo sí se convirtió en uno de los mecanismos publicitarios y corporativos más potente del chavismo.

Lo Comunal

¿Qué es un consejo comunal?: una corporación vecinal, un gremio de vecinos, un sindicato vecinal adscrito y afiliado al estado. Imaginemos que todos los sindicatos de un país no solo se registraran ante el ministerio del trabajo sino que recibieran líneas políticas y recursos financieros de él y que tuvieran que cumplir con las tareas que le asigne el ministro. Eso es un consejo comunal, una organización corporativa sin autonomía.

Al principio Chávez quería que los consejos locales de planificación fueran la unidad organizativa y biopolítica mínima: que recibieran recursos y también intervinieran en los gobiernos locales. Pero pronto el comandante entendió que la dirigencia política no iba a admitir que una Asamblea Ciudadana le dijera como gobernar o manejar el presupuesto, y que otro tipo de organización, más vertical, le daba un comando más directo. Podría pensarse incluso que Chávez y la dirigencia chavista entendieron, entre el año 2005-2007, que las Asambleas Ciudadanas y los Consejos de Planificación eran, en su misma concepción, instancias a la vez políticas y autónomas que ni estaban sujetas al poder ejecutivo ni confinadas al sector social.

Como la dirigencia chavista no necesitaba eso se creó una instancia distinta desde donde organizar al demos venezolano, o mejor dicho, donde disolverlo y convertir la democracia de las bases en una burocracia vecinal, en un pseudo-demos funcionarial, una instancia paralela a las parroquias y los municipios, a la vez sometida al poder ejecutivo y confinada en el sector social.

El Consejo Comunal se reveló entonces como el dispositivo biopolítico definitivo: le permitía transferir recursos directamente, esos se invertían en “proyectos” que usualmente consistían en reparaciones y mejoras de casas e infraestructuras, es decir, en hacer soportable un medio ambiente extremadamente precario, pero también contribuían a hacer circular importantes cantidades dinero en las comunidades populares por medios legales e ilegales, tal como se había hecho antes con otros proyectos como el financiamiento de cooperativas que rara vez producían algo pero hacían llegar el dinero a las bases expandiendo el consumo y creando lealtad y dependencia con el gobierno.

Esto es muy importante desde el punto de vista de una biopolítica del consumo y de la deuda y de la construcción de la megamáquina pero también lo es el aspecto neuropolítico, es decir, como esto afectaba la percepción y los afectos de la gente: a nivel de la bioeconomía, la sobrevaloración de la moneda enloqueció a los venezolanos entregados a un frenesí consumista, a nivel de las políticas sociales pasó algo parecido: aunque su peso en la ciudad (e incluso del mismo barrio) es mínimo, el Consejo Comunal hace sentir poderosos a sus miembros y cuando Chávez –ya perdido en su alucinación- empieza a llamarlos comunas y a compararlos con soviets rusos y comunas chinas crea una fantástica distorsión del entendimiento y la percepción no solo en Venezuela sino afuera de ella: esta organización meramente gremial, corporativa, es envuelta, en una semiótica de izquierda radical y tanto sus miembros como el público cautivo del chavismo empiezan a creer que estas organizaciones (que tardaban meses para registrarse, que viven sumidas en una burocracia interminable, en dobles y triples jornadas de trabajo impago para poder ejecutar proyectos muy simples) eran el próximo soviet de Petrogrado.

En este contexto surgió un nuevo tipo de jefatura popular, una mutación en los líderes comunitarios que, hasta entonces, oscilaban entre la organización política y la gestión de problemas sociales. Estatizado, incorporado al funcionariado público o al PSUV un nuevo tipo de activista emerge: como el anterior se reparte entre la organización política y cierta actividad pastoral, pero ahora está en la difícil posición de ser el mediador entre el estado y la población, de ahí que esté complicado en una actividad burocrática interminable (un proceso realmente kafkiano de papeles, planillas, reuniones interminables) y la movilización del chavismo en su territorio, además de la atención de una miríada de problemas que emergen de la pobreza y la precariedad y por tanto, con poco tiempo y energía para atender lo que es verdaderamente político, es decir, al relación entre la comunidad y el estado.

Los “voceros” de los consejos comunales son la muestra más clara de esa dirigencia de base y  sus variaciones muestran todo el espectro de la vida bajo la megamáquina chavista: a veces corruptos e involucrados con el crimen violento en su sector, a veces honestos y abnegados (algunos también abnegados y corruptos) generalmente son mujeres sometidas a dobles y triples jornadas a las que la burocracia y el gobierno nunca o rara vez consultan para nada importante.

Por ejemplo el año pasado cuando el gobierno decidió crear un mecanismo de distribución de alimentos llamada “Clap” no se les consultó a los dirigentes comunales, los cuales tuvieron que enfrentarse con una montaña de papeleo y tareas enojosas, y también, mediar entre la demanda de la dirigencia del partido de darle la comida solo a los “fieles” y leales y la de la gente del común de recibir alimentos que deberían poder comprar en un supermercado.

Esta reducción del funcionariado comunal a un distribuidor de cajas y bolsas de comida, a funcionario público impago, es el signo más claro de la degeneración de la biopolítica chavista que tanta admiración e ilusiones inspiró en el continente.

La Parábola de Mercal

Todos estos mecanismos y dispositivos tienen dos fases: una de expansión, que coincide con el boom petrolero, y otra de contracción que coindice con la crisis económica. Simplificando se puede decir que, en la primera fase, el gobierno pretendió comprar lo que llamaba la “deuda social” convirtiéndola en una deuda política, en un compromiso con el gobierno. Por eso, en los primeros años, tanto el mecanismo global para hace circular la moneda sobrevaluada y dólar barato y los locales para llevar bienes y servicios a los barrios eran abiertos: lo que se pretendía era involucrar a toda la sociedad en un contrato con el estado.

Pero ya en este periodo era notorio que las misiones y consejos comunales no eran instituciones públicas o parte de la república: no está claro hasta qué punto son parte del estado o parte del gobierno o, si eran independientes de las relaciones personales de Hugo Chávez con Fidel Castro. En la medida en que la diferencia entre estado, chavismo y poder ejecutivo, se desdibujaba, también se hizo mucho menos claro hasta qué punto Misiones y Consejos Comunales eran órganos o instituciones de la república o aparatos del chavismo como partido, es decir, si eran parte de la Cosa Pública (como se supone que son los hospitales y las escuelas) o no.

Lo misional y lo comunal existen en un extraño limbo como algo que no es ni privado ni cabalmente público; parte del aparato de estado pero inseparables del proselitismo y las particularidades del chavismo y de su expresión electoral, el PSUV.

Era una confusión deliberada y fácil de establecer, pues en Venezuela la cosa pública como idea y como experiencia ha sido siempre extremadamente débil y difícil de separar de sus apoderados y usufructuarios (sea la familia del tirano Gómez o un partido populista como Acción Democrática). No es casualidad que lo que Gilles Deleuze dice sobre ese “sector social” definido por Donzelot podría trasponerse, palabra por palabra al chavismo en sí mismo: “produce una nueva figura, híbrida de lo público y lo privado, y un reparto y un encadenamiento originales de las intervenciones estatales y de sus inhibiciones, de sus cargas y exenciones”.

La fiesta biopolítica de lo misional y lo comunal, en la que finalmente el cuerpo popular era atendido, curado, salvado, por los apóstoles de Cristo-Bolívar e incorporado al del estado fue un momento clave en la confusión entre estado y chavismo cuya deriva totalitaria inicia en el sector social. Misiones y comunas eran todo lo que la oposición y el neoliberalismo odiaban y por tanto, beneficios propios no de la república sino del chavismo y que por tanto podían existir solo si el chavismo estaba y seguía en el poder.

En el periodo madurista, a partir de 2013 la biopolítica de la deuda se manifiesta más claramente, por ejemplo, con la desaparición de las redes de supermercados y mercados estatales Mercal y PDVAL donde millones de personas adquirían alimentos muy baratos. Mercal era muy importante pues era el cruce de un biopolítica del consumo transversal, que atravesaba a toda la población (es decir, volcada sobre el “sector económico”), y una territorial que insidia sobre barrios populares (es decir, volcada sobre el “sector social”): en ambos se podía comprar tanto en grandes mercados y supermercados abiertos como en sedes emplazadas en barrios pobres.

Además Mercal, con su carne uruguaya y sus pollos brasileros, revelaba claramente la índole de la intervención biopolítica de un estado importador, improductivo, que simplemente adquiría bienes y servicios en el exterior y los distribuía en Venezuela. Pero Mercal y PDVAL, que eran empresas públicas, quebraron. ¿Porque? por la corrupción. De todos modos se estaban haciendo cada vez más limitados y más restrictivos pues el gobierno estaba ahora mucho más preocupado de hacer fluir esos bienes en sectores donde sabía podía recibir su contrapartida en legitimidad y apoyo.

Es entonces cuando aparece la invención propiamente madurista: los Comités Locales de Abastecimiento y producción (clap). Poder comprar en los claps requiere una inscripción, tener relaciones con la burocracia comunal y que esta las tenga con la del PSUV, el abastecimiento puede ser regular o interrumpirse por semanas o meses, no todo el mundo puede recibirlos…en ciertas localidades se condiciona la venta de los alimentos a que se demuestre lealtad al gobierno, en otras se ha amenazado con castigar a comunidades que protestan negándoles la venta de la caja con alimentos, etcétera. Esto no solo desnuda el clientelismo (el huevo del que nació toda la biopolítica del consumo chavista) sino a la misma lógica de la deuda: el flujo de bienes, de servicios, de objetos de deseo está condicionado a la lealtad.

La consumación de esta lógica es el “carnet de la patria” una tarjeta electrónica con datos biométricos, de la que no sabe bien para que funciona, pero que se dice será necesaria no solo para comprar en los Claps sino para recibir todo tipo de servicios públicos.

El carnet de la patria, también invención de Maduro, parece ser un dispositivo de control transversal que permitirá el acceso a una serie de servicios y bienes, el problema es que parece que no cualquiera puede tener un carnet de la patria y las reglas para asignarlo son muy oscuras: los pensionados tienen derecho a tenerlo pero, por demás, está limitado a miembros de misiones, de “batallones” del PSUV y a empleados públicos. Aunque hasta ahora parece que no todos pueden tener uno, cada vez aparecen más voceros gubernamentales diciendo que será necesario para tener acceso a servicios tan sencillos como las vacunas.

Uno puede decir que la biopolítica chavista es parte del “contenido” o la materia de la cosmopolitica pues la dependencia y el endeudamiento con el estado son los que vinculan a la población con este, son su fuerza de atracción. Sin embargo esta biopolítica de la deuda solo fue posible y solo pudo consolidarse gracias a otra distinta: la neuropolitica que vinculaba a la población con Hugo Chávez y, a través de él, con el estado en sí.

Uno puede sugerir que la biopolítica de la deuda es repetida, doblada, por una neuropolitica de la imagen y del afecto que crea el efecto enamoramiento-ilusión, es decir, el endeudado no solo siente dependencia u obligación sino agradecimiento y amor por el acreedor: esa es la repetición de la deuda y la “servidumbre maquinica” en lo afectivo y lo imaginario.

La base de esta neuropolitica era la imagen de Chávez, la proyección de simulacros desde el cuerpo del comandante (su visión, su voz, etc.) y toda una ingeniería que consolidaba ese fantástico trabajo de encantamiento, de seducción, a través de medios de comunicación masivos. Pero la imagen del comandante no solo proyecta afecto, y desencadena un amor apasionado con el jefe del estado, también hace querer al gobierno en sí, pues su visión y su voz se convierten en la expresión de un mundo posible –una u-topia- emitida por la publicidad y la propaganda estatales.

A través de la imagen de Chávez se dio la combinación entre lo afectivo y un imaginario o ensoñación en cuyo seno los chavistas empezaron a sumirse vez más. En la medida en que los proyectos faraónicos de Chávez fueron colapsando uno tras otro y la calidad de vida degenerando, esas imágenes ya no eran proyectadas en el mundo sino que empezarán a replegarse sobre si mismas, entretejidas cada vez más en el espectáculo de la propaganda gubernamental, a medida en que la megamáquina del chavismo empieza a colapsar.

Los latinoamericanos conocemos eso desde hace mucho, por ejemplo, con Perón-Evita, pero dado el poder fantástico que tiene en nuestros tiempos la mediática y la publicidad, el chavismo estuvo en condiciones de desarrollar una operación neuropolitica de alcances nunca vistos en el continente: casi todas nuestras izquierdas se hicieron chavistas y aparecieron chavistas en todas partes, atrapados también en el sueño del comandante, pero de este otro aspecto de la biopolítica venezolana nos referiremos en la siguiente ocasión.

Jeudiel Martínez Jeudiel Martínez es profesor del Departamento de Teoría Social de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (Faces-UCV) e investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, como integrante del Programa de Becas de Apoyo a la Investigación José Carlos Mariátegui 2016 que otorga la Fundación Celarg, al cual fue seleccionado mediante concurso presentando el proyecto “Las historias como hachas de guerra: mitopoiesis y acción política en el cómic latinoamericano”.


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