¿Es posible un movimiento democrático en Venezuela?

Por Jeudiel Martinez, para UniNômade Brasil

Entre 2015 y 2017 el chavismo pasó de simular una revolución a simular una democracia. Ese cambio dice muchas cosas sobre las diferencias entre la era de Chávez y la de Maduro. Pero ambas tienen algo en común: el chavismo es todo un arte de la imitación, una compleja técnica de camuflaje. El chavismo es una tecnología de simulaciones, simples pretensiones o imitaciones: no tiene máscaras sino uniformes y sus disfraces no son más que el escondite de esa uniformidad. Tal vez había algo de creador en el arte pastoral o caudillista de Hugo Chávez había algún virtuosismo, un arte de ilusionista que sumerge al público en algo que, más que un espectáculo, es un juego interactivo. Los complejos actos de ilusionismo complacían al caudillo: una vez movilizó una supuesta reserva militar a la que no se le daba armamento y que estaba compuesta por ancianos, completamente inútil como fuerza militar la reserva era y es un gran dispositivo publicitario y corporativo: es sorprendente cuan en serio los venezolanos se tomaron esa gran pieza de humor involuntario. Aunque ya la dirigencia chavista no tiene forma de producir esas puestas en escena casi teatrales es un error ver lo que pasó el 15 de Octubre como un simple fraude, se trata de una prueba más de un dispositivo para perpetuar al chavismo en el poder por tiempo indefinido, una superproducción literalmente. Las elecciones que tuvimos el domingo  son una ilusión que, aunque no tan compleja como la reserva,  los consejos comunales u otras imitaciones de lo revolucionario, si cumple el trabajo de establecer una apariencia de democracia y de legitimidad que, por un lado, no los deje desnudos ante una comunidad internacional cada vez más hostil sino que permita que el chavismo leal, creyente, recupere un poco la moral y logre convencerse a sí mismo de que, una vez más, son mayoría. En ese sentido estas elecciones son, en buena medida, una ilusión que el chavismo ha proyectado para sí mismo, tanto como un mecanismo de coacción contra una sociedad a la que se le privan de los últimos restos de sus derechos políticos y de los últimos limites que podía ponerle al poder del estado.

 

Más allá del fraude.

 

La posición antichavista –es decir, reactiva- es que el resultado es falso y que se ha cometido un fraude generalizado, pero, aunque en algunos casos es probable que se ha hecho fraude o cometido irregularidades, la cosa va mucho más allá: esta es la culminación de un empobrecimiento de la democracia que, sintomáticamente, se intensifica con las proclamas de “superar la democracia representativa”. Desde el punto de vista electoral este empobrecimiento es consecuencia de la imposición de una lógica plebiscitaria: cada elección se ha convertido en la decisión entre la alternativa chavista/antichavista, los primeros eran extensiones de Chávez, los segundos del rechazo al caudillo.  Con esto, la orientación política y el desempeño de los candidatos pasaron a segundo plano en la medida en que lo importante era validar a una de las opciones de manera completamente abstracta. Pésimos alcaldes y gobernadores (por ejemplo, Capriles Radonsky) le deben a ese carácter plebiscitario sus elecciones y reelecciones. Así, lo que el chavismo teme es que la gente repolitice el voto como expresión de rechazo radical, en estos tiempos en que el voto contra el chavismo ya no es mero desacuerdo con el gobierno o rechazo al caudillo sino una protesta contra todo un estado de cosas insoportable, eso fue lo que ocurrió en 2015. La razón por la que las elecciones regionales venezolanas primero se retrasaron tanto y luego se hicieron tras la “constituyente” fue, precisamente, para evitar que, una vez más, el inmenso rechazo de los venezolanos por el gobierno pudiera hacerse visible: ese rechazo airado le habría hecho un daño enorme al chavismo que, sea como sea, tiene la fecha fatídica de las elecciones presidenciales de 2018 colgando sobre su cabeza. El divorcio de la población contra el gobierno (y toda la clase política) es brutal, definitivo, e incluye a buena parte de la población chavista que considera a ese gobierno como “traidor” a los ideales de su líder: no es un desacuerdo coyuntural sobre errores o diferencias determinadas, es el rechazo a todo un modo de gobernar.

Lo que pasó el 15 de Octubre es que ese rechazo, que se había manifestado como voto castigo, se convirtió en abstención en la medida en que la Mesa de la Unidad Democrática se desprestigió tanto que dejó de ser un conducto adecuado para el voto castigo y, a la vez, la población se fue convenciendo de que, pasara lo que pasara, el gobierno con su “Constituyente” (una verdadera “Estrella de la Muerte”)  seguiría teniendo las de ganar. Es entonces completamente ingenuo plantearse estas elecciones como un proceso normal en que los candidatos concurren por unos votos y donde estos oscilan entre una y otra opción: Sin la plataforma técnica de Smartmatic, con varios candidatos impugnados,  mudanzas abruptas de mesas electorales y las advertencias constantes de que la constituyente tiene poder absoluto sobre los gobernadores, en medio del absoluto desprestigio de la Mesa de la Unidad Democrática que postuló candidatos tan detestables que ni el más furibundo voto castigo puede aceptarlos  Venezuela llegó a  las elecciones más anómalas de su historia reciente. En ese contexto se  usó de nuevo el dispositivo que se ha venido instrumentando desde la elección de la constituyente es mucho más  que “robo” de votos,  de hecho podemos  verlo como un cono cuya base es la promoción de  la abstención y cuya punta es el fraude y se divide en 6 niveles:

  1. Un nivel “neuropolítico” en que se explota el desánimo de la gente, la emigración, la desconfianza con los políticos para provocar la abstención. Por eso Maduro insistió tanto en que votar era “someterse” a la constituyente y recordó, una y otra vez, el poder absoluto que esta tendría sobre los gobernadores. Esto tiene su contrapartida no solo en reanimar un poco al chavismo sino en crear la ilusión (la illudo, la burla, el engaño, el juego interactivo entre el burlador y el burlado) en que los chavistas pueden creerse el cuento de que han “recuperado” los votos perdidos: hacer que la elección sea fútil para los ajenos y esencial para los propios.
  2. La constricción de la participación política excluyendo candidatos y partidos a conveniencia: en este sentido lo más importante es la exclusión absoluta del chavismo disidente de los eventos electorales, partidos como Marea Socialista y figuras como Rodríguez Torres a los que no se les permite participar en elecciones . De esta exclusión prácticamente no se habla en Venezuela y, por si sola, compromete la legitimidad del evento.
  3. Posibles acuerdos con la oposición (AD y Primero Justicia) para que esta colabore con el montaje de la ilusión a cambio de acceso a los recursos de las gobernaciones y alcaldías.
  4. Ventajismo electoral generalizado: uso de los recursos del estado para favorecer a los candidatos del gobierno, movilización del funcionariado público, explotación de los recursos clientelares y los aparatos gigantescos aparatos corporativos del chavismo (Clap, consejos comunales, funcionariado público) .
  5. Coacciones y arbitrariedades locales para hacer más difícil que la gente vote.
  6. Fraude puro y duro. Si ocurrió fue aplicado en casos en los que había una diferencia muy pequeña entre los candidatos de uno y otro bando.

Así, esta “pálida imitación” de democracia solo culmina el proceso en el cual las elecciones empezaron a perder significado concreto en favor de la alternativa abstracta chavismo-antichavismo, proceso continuado luego con la reducción de la oferta electoral al negársele, durante años, los registros a partidos nuevos, la perdida de neutralidad del CNE, convertido en una extensión clara del palacio de Miraflores y, finalmente, el sometimiento total de las elecciones a los intereses del chavismo: se hacen como y cuando el gobierno quiere hacerlas y en las condiciones que él lo decide. Al recordarle todo el tiempo a la gente que, ganara quien ganara, los gobernadores debían “someterse” a la constituyente (en el sentido feudal del término, con palabras que deliberadamente invocaban la humillación) y al hacer evidente la sumisión de Tibisay Lucena y otros rectores al gobierno, Maduro hizo que la elección fuera a la vez inútil para la población no-chavista e importantísima para los chavistas y  solo con  eso llevaban las de ganar: el saber que una “constituyente” con poder absoluto e instalada por tiempo indefinido es el supra-gobierno nacional hace que la idea misma de las elecciones sea fútil. Pero el dispositivo para “formatear” las elecciones  a favor del chavismo sin duda mira hacia el año 2018 y, posiblemente, a la promoción de Héctor Rodríguez, que se ha revelado como el Delfín de la oligarquía del PSUV, para la silla presidencial en unas elecciones que serán como las del pasado domingo “ni verdaderas ni falsas”. Así, en medio de un desaliento general que inició con la elección de la “constituyente” parece que, finalmente, se ha cerrado tanto la vía electoral como la protesta y la insurrección. Pero esta perspectiva desalentada, aunque no carente de razones, finalmente asocia el colapso de la oposición y la resistencia en Venezuela al colapso del antichavismo y, en particular, a la dirigencia política agrupada en la MUD.  Lo que hay que preguntarse es lo siguiente: ¿es el fracaso de la MUD un fracaso general?. 

Oposición y antichavismo.

No es un problema secundario el que en Venezuela “antichavismo” y oposición sean sinónimos. Por casi dos décadas no ha existido otra oposición que la derivada del vasto movimiento anticomunista de 2001-2003, la historia de la deriva totalitaria del chavismo es indiscernible tanto de la idiosincrasia de ese extraño populismo religioso que es el chavismo pero también de ese extraño gemelo elitista y snob  que le odia. Por eso es que, si bien el principal  responsable de esta situación es, por supuesto, el chavismo, pero hay otro gran responsable: el antichavismo que ha estado atrapado en una especie de doble-vínculo entre una estrategia electoral muy oportunista y una insurreccional muy improvisada, fallando una y otra vez en ambas y transfiriendo sus derrotas a toda la sociedad. Esto se hizo más claro en la medida en que la MUD empezó a nutrirse del descontento contra el gobierno (como voto castigo y luego como movilización en las calles) en ambos casos la MUD solo ha provisto los medios para que ese descontento se desencadene, pero la poca convocatoria de sus movilizaciones recientes y la elevada abstención en las pasadas muestran, no solo que el gobierno ha logrado desalentar a la población, sino que ya la MUD no es vista siquiera como un instrumento para expresarlo.

El hecho es que tanto la dirigencia antichavista como la base tiene una  subjetividad, todo un modo de ser, que  ha sido devastadora para la democracia venezolana. Las razones son bien simples:

  1. Excepto para derrocar al chavismo no le interesa la vida pública ni la política. Es decir, es apático.
  2. Oscila entre la depresión desmovilizante y la actividad frenética pero cortoplacista. Tan desoladoras son sus perspectivas cuando se desmoraliza como son locas y fuera de lugar cuando le entra el frenesí.
  3. Se plantea solo o el escenario electoral o el golpe, el putsch pero nunca la construcción continua de un movimiento democrático, pero en lo electoral está sometido a los peores vicios de la política tradicional y en lo insurreccional no logra diferenciar protesta de rebelión y vandalismo de violencia insurreccional.
  4. Está limitado por el sectarismo de los partidos y el sectarismo de la clase media: su desprecio por la gente que vive fuera de su estrato es tan grande, tan abismal, que se hace muy difícil hacer un movimiento amplio.
  5. Su descontento con la dirigencia política no llega a ser un cuestionamiento de la política mafiosa de la representación: ellos no cuestionan la idea de que exista una clase de políticos profesionales que decida por la gente: simplemente no están conformes con la que tienen.

Movimiento democrático.

Nos parece que, además de las cuestiones coyunturales, lo que ha fracasado con la MUD –y todo el antichavismo- es el mecanismo de doble vínculo que bascula entre el oportunismo electoral y el putchismo ¿Cómo no va a fracasar un movimiento que oscila entre estos dos extremos y que de hecho no conoce otra cosa? Pero la cuestión de fondo es que, no importa cuánto hablen de bases o movimientos, la política que conocemos está confinada y definida por la suerte de partidos y políticos profesionales que, aunque en conflicto y desagregados, básicamente forman parte de la misma “casta”, en todo caso, expresan intereses distintos y contrapuestos a los de la población.

En Venezuela oposición, resistencia o contrapoder quieren decir una sola cosa: “movimiento democrático”, es decir, ya no solo derrocamiento del chavismo sino lucha contra  la clase política y el estado-mafia, no solo acciones coyunturales sino una acción continua de generación de libertad no reducida a las coyunturas electorales o a las de protesta masiva.

¿Cómo hacer eso? es fácil ver unas cuantas líneas.

  1. Movilizaciones continuas por la calidad de vida, es decir, las viejas protestas “reivindicativas” que no son ni han sido nunca simples reclamos “por lo social” sino formas de establecer que vida quiere vivir la gente.
  2. Movilizaciones continúas por la libertad y los derechos políticos, es decir, para restituir el Estado de Derecho.
  3. Movilización autónomas de la gente tanto para el “contra-gobierno” como el autogobierno.

Desde acciones aparentemente modestas como luchar contra la degradación de los servicios públicos y combatir la corrupción como generar nuevas “unidades de orden” a través de instancias como Cabildos Abiertos o Asambleas Ciudadanas, de lo que se trata no es solo de destruir al chavismo sino a la clase política que nació de la polarización y al Estado-Mafia en que esa clase política anida, porque chavismo y antichavismo siempre han sido aspectos del mismo autoritarismo y la misma corrupción. Esto solo es imposible en la medida en que la población se desconecta de un ciclo de  ilusión-desilusión en el que, periódicamente, es incitada, para que invierta atención, energía y deseo en un objetivo meramente coyuntural impuesto por la dirigencia (la reserva, las elecciones, etc.) y en lugar de eso se incorpore a una “Larga Marcha” de luchas cuyos objetivos sean otros que una toma de poder sobre un estado corrupto y fallido que, visiblemente, es el problema.

No hay duda que al gobierno y a la clase política le sería muy difícil manejar una ofensiva “en enjambre” en una pluralidad de frentes que vayan desde la restitución del estado de derecho, la revalorización de los salarios a la autonomía política de los venezolanos: esos frentes de lucha y la forma de abrirlos y mantenerlos son visibles ya en la situación de degradación actual, es decir, el mapa o el diagrama disutópico de la descomposición de Venezuela es el que ofrece el de las luchas, de una resistencia que no es solo a una gubernamentalidad o a un poder determinado, sino a la misma descomposición de la sociedad venezolana que tiene beneficiarios en todo el espectro político. Pero todo eso depende si, las fuerzas democráticas (que en este momento son en parte posibles y en partes virtuales o germinales) diseñan una estrategia y una táctica “neuropolitica” para librar a la población tanto de los ciclos de depresión-exaltación, como de las formas reactivas del Éxodo que sumergen a la gente en la lucha por la subsistencia cotidiana y la desvinculan de la lucha política.

Se trata, efectivamente, de destruir al Estado-Mafia y a sus operadores. Pero no de la forma meramente vandálica, reactiva, con la que el antichavismo ha querido hacer esto al quemar autobuses y oficinas públicas: la  forma definitiva de destruir algo es hacerlo imposible, es exiliarlo a lo fantástico. Pero exiliar algo a lo fantástico, quitarle su realidad, es usualmente la contrapartida de traer algo desde lo fantástico a la realidad. Por eso oponerse al chavismo, luchar contra él, no solo implica luchar también contra su gemelo,  es crear una democracia que no existe para un pueblo que no ha nacido: el pueblo que existe, adeco,gomecista, perezjimenista ¿qué puede ser sino chavista o antichavista?, ¿ilusionarse con la “rebeldía” de Lacava o María Corina Machado?, ¿añorar al próximo caudillo que recoja la promesa mesiánica de Hugo Chávez?.

Oponerse al chavismo es ejercer una libertad nueva, generando un movimiento democrático que pueda multiplicar esa libertad: invocar pueblos nuevos que no son ilusorios o ideales sino el mismo pueblo, tal cual es, pero ya no separado de lo que puede ni prisionero de las ilusiones de otros.

γίναν όλα δυνατά τ’ αδύνατα

 

 


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