Tradução para o espanhol do texto “O levante democrático de outubro”.
Por Felipe Fortes, Giuseppe Cocco, 26 de octubre de 2026
¡Las movilizaciones vencieron, la democracia brasileña resiste y puede reinventarse!
¡Vencimos! La defensa de la democracia logró encontrar su concreción y su fuerza. Entre el 5 y el 25 de octubre de 2026 tuvo lugar un levantamiento democrático. Son esos levantamientos los que nos faltan. Incluso es preciso admitir que la derrota en la primera vuelta fue providencial para la democracia brasileña, de modo que la campaña moribunda de la primera vuelta se revitalizó de maneras sin precedentes y se transformó radicalmente.
La alegría y el alivio de esta victoria nos revelan la dimensión del peligro concreto que logramos enfrentar y, al menos momentáneamente, derrotar: sin rodeos, la amenaza fascista y el tejido miliciano que constituye el bolsonarismo y que buscaba hacer de Brasil su Río de Janeiro particular: una mezcla política muy sudamericana de bandidaje mafioso y autoritarismo potenciado por la ola global de la nueva extrema derecha y del evangelismo reaccionario. En el bolsonarismo, la práctica ostentosa de la ley del más fuerte retroalimenta cínicamente la demanda de seguridad. Así, la violación diaria de la vida de los pobres sirve de base para un proyecto político que apunta, en realidad, a acabar de una vez por todas con los derechos humanos. Monstruosamente, este proyecto logró ganar la primera vuelta como si fuera el portador del cambio. Además, de ahí proviene la afinidad ontológica del bolsonarismo con el chavismo —y nos sorprende que se nos haya criticado por establecer esta relación—, que, bajo una semiótica supuestamente de izquierda, también articuló poder miliciano, apropiación del Estado y legitimación plebiscitaria[1]. A nuestros críticos les corresponde refutar el fundamento de esta aproximación: la lógica de poder que transforma el control de los territorios en dominio de las instituciones y usa la legitimidad electoral para destruir los contrapesos democráticos.
Haber logrado derrotar, por lo tanto, la traducción presidencial de esa aberración no debe llevarnos a subestimar la persistencia de ese proyecto reaccionario, ni a repetir los errores de la primera vuelta y, sobre todo, los problemas del gobierno de Lula en estos cuatro años: entre esos errores, el más grave sería, una vez más, transformar la victoria del campo democrático reconstituido desde abajo en una victoria sectaria “de izquierda”, así como sectores de la izquierda europea están intentando hacer, particularmente en Francia.
Después de la reelección de Lula en 2022 y del tumulto reaccionario del 8 de enero de 2023, se instaló la idea de que el Estado y sus instituciones (el STF) serían suficientes para frenar la ola fascista y miliciana. Peor aún, la campaña de la primera vuelta fue conducida de manera burocrática, con la figura de Lula y su biografía como contenido principal (y casi único). Como en 2022, Lula sería el gran salvador: sin Lula, estaríamos perdidos. A pesar de las disertaciones sobre una política que, por encanto, se volvería “ni vertical ni horizontal”, el principio vertical del carisma se mantenía como horizonte absoluto. El tumulto subversivo planeado por el bolsonarismo el 8 de enero de 2023 reforzó la idea de que las calles y las manifestaciones eran justamente lo que había que evitar. ¡Qué equivocación! Eso daba continuidad al vaciamiento del movimiento de junio de 2013 y al desierto que se creó en 2015 y 2016, cuando se dejó que el bolsonarismo emergiera en las grandes manifestaciones contra la corrupción. Como en las narrativas del regreso de Lula al poder en 2023, ya no se sabía cuál era el golpe: el impeachment de Dilma (apoyado por el actual vicepresidente y por el actual ministro del STF Alexandre de Moraes) o el intentado por el clan Bolsonaro en 2023. En la recta final de la primera vuelta apareció claramente que el STF también era parte del problema. Sería muy ingenuo ignorar la grave crisis institucional que ello conlleva, incluso en estos momentos en que el candidato derrotado parece estar huyendo del país.
El levantamiento democrático
El choque de la primera vuelta alteró la disposición del campo democrático y, ante la posibilidad concreta de la derrota y de la victoria bolsonarista, la confianza injustificada en la fuerza electoral de Lula dio lugar a la percepción inmediata de que necesitábamos actuar y luchar. El riesgo de una victoria bolsonarista pasó a ser vivido como una responsabilidad colectiva, convirtiendo la necesidad de participación en una urgencia. Lo que sucedió a partir de la noche del 5 de octubre, día de la derrota en la primera vuelta, es algo intempestivo, nuevo y que invirtió radicalmente la relación de causalidad que dominaba la campaña: ya no es Lula quien nos salva, sino las multitudes en las calles y en las redes que, salvando a Lula, se salvan a sí mismas. La inminencia de la amenaza miliciana encontró en la inmanencia de las multitudes, entre redes y calles, la capacidad de dar concreción al enigma de cómo aumentar la democracia.
Esta inversión fue fruto de cuatro movimientos que resonaron entre sí amplificándose en espiral. El primero, totalmente espontáneo, ocurrió la misma noche del 5 de octubre en Niterói (RJ): miles de estudiantes de la UFF salieron a manifestarse: la elección ya no era una cuestión de publicistas y otros cálculos, sino de una práctica viva de la democracia y de los derechos. Las imágenes de la movilización se hicieron virales y las manifestaciones se fueron multiplicando por todo Brasil. Ya no era, por lo tanto, el mitin de Lula el que albergaba una movilización, sino esas gigantescas manifestaciones que acogían a Lula. Las calles eran, así, recuperadas después de haber estado durante años hegemonizadas y homogeneizadas por el bolsonarismo.
La batalla de las redes
Llegamos así al segundo movimiento. El diputado federal André Janones tuvo por fin espacio en la campaña de Lula para organizar la batalla de las redes. La enorme demanda de movilización encontró un agenciamiento adecuado en el Ejército de Lula, un gigantesco canal de WhatsApp que rápidamente llegó a 10 millones de Soldados. Entre transmisiones en vivo en YouTube y hashtags en Instagram y en X, las redes sociales hasta entonces dominadas por el bolsonarismo fueron ocupadas por una campaña a la vez difusa y centralizada. Las calles se articularon con las redes y viceversa, como en 2013. Y fue en ese ambiente donde la campaña comenzó a ser hecha por muchos. Se multiplicaron iniciativas que sobrepasaban con creces los canales oficiales petistas, conducidas por personas que buscaron actuar en sus propios circuitos de confianza: familia, trabajo, vecindario, grupos de mensajes. ¿Y quién de nosotros, incluso, como nosotros, los menos lulistas posibles, no intentó, al menos, dar vuelta un voto? Se propagó la iniciativa de conversar, producir contenidos, organizar encuentros y convencer a otras personas —indecisos y abstencionistas— de participar en las elecciones, constituyendo un circuito de retroalimentación positiva en el cual las relaciones de cooperación que la campaña de la primera vuelta no había logrado activar ganaban fuerza con cada nueva adhesión, que renovaba la confianza en la posibilidad de la victoria y estimulaba otras iniciativas. La percepción de que era posible dar vuelta el juego se alimentaba de la propia experiencia de actuar en conjunto, haciendo de la movilización una fuerza capaz de ampliar continuamente su alcance.
El tercer movimiento fue la carrera del gobierno de Lula para producir una agenda positiva que, inicialmente, no tenía. Poco antes de la primera vuelta aumentó en un 17 % el Bolsa Familia, implementó planes de reducción del endeudamiento y prohibió las casas de apuestas (las Bets). En la segunda vuelta, hizo votar la reducción de la semana laboral, abrió líneas de crédito para las microempresas, lanzó otro plan de recompra de deudas, anunció la gratuidad del transporte público los fines de semana y adelantó una semana el pago de noviembre del Bolsa Familia (aumentado en un 17 %).
El cuarto movimiento, en fin, fue la multiplicación de apoyos a Lula por parte de un sinnúmero de figuras independientes. Esa multiplicación viral también alteró la composición de la movilización, reuniendo a personas con valoraciones muy diferentes sobre Lula y su gobierno, incluso las más críticas posibles. La defensa de la democracia y la derrota del bolsonarismo constituyeron causas comunes en torno a las cuales esas diferencias pudieron encontrarse, sin exigir a cada participante una adhesión al programa o a la trayectoria petista. La fuerza de esa composición estaba justamente en la posibilidad de hacer multitud: actuar juntos preservando las singularidades y produciendo, en esa cooperación, una apertura hacia una política de lo común. Fue esa apertura, aún no decidida y abierta, incluso a su propio cierre (algo que el PT ya hizo, como fue su criminalización del levantamiento de junio de 2013), la que permitió a la campaña acoger a sujetos que su cierre anterior mantenía a distancia. El gran campo democrático de 2022, desdeñado por la campaña petista, se fue reconstituyendo desde abajo. Recordemos los violentos editoriales contra Flávio Bolsonaro del tradicional diario conservador O Estado de S. Paulo, el llamado a votar del fundador de un partido conservador (João Amoêdo). En ese proceso aceleracionista de aumento de la democracia, merece un destacar especialmente el papel que tuvo André Janones, algo que ya se está discutiendo en todo el mundo.
El efecto Janones: ¿la emergencia de la multitud algorítmica?
Es ineludible el papel de André Janones en la victoria. Abogado de Ituiutaba, en Minas Gerais, y excobrador de autobús, el diputado federal ganó proyección nacional durante la huelga de camioneros de 2018, cuando sus videos alcanzaron a millones de personas y lo convirtieron en uno de los voceros del movimiento. La articulación entre insatisfacción social y circulación digital lo llevó a la Cámara ese mismo año, en una trayectoria que ayuda a comprender cómo la revuelta que alimentó el bolsonarismo podría (y puede) haber encontrado otras direcciones políticas. Ese recorrido continuó con la defensa del auxilio de emergencia durante la pandemia y, en 2022, con el retiro de su candidatura presidencial para apoyar a Lula, vinculando el acuerdo a la incorporación de agendas sociales.
Como dijimos, esta experiencia ganó escala con la organización del Ejército de Lula, el canal de WhatsApp que distribuyó tareas de movilización, las llamadas misiones: compartir videos, comentar publicaciones, subir hashtags, ampliar el alcance de contenidos y responder —o evitar responder— a los adversarios. Cada participante podía experimentar su contribución a la campaña, integrándose en una coordinación que transformaba indignación y ansiedad en disposición para actuar.
La reacción bolsonarista da la medida de la desesperación ante esa fuerza: intentó derribar el canal mediante acciones judiciales y creó la Tropa de Flávio para disputar el mismo terreno. Los intentos de suspensión llegaron a obtener decisiones favorables de Nunes Marques (presidente del STF), aunque la campaña no había adjuntado pruebas de que los contenidos denunciados circulaban en el canal. Por su parte, la imitación bolsonarista no bastó para recuperar la iniciativa: la derecha, acostumbrada a marcar la agenda en la disputa por las hashtags, pasó a ver sus ofensivas superadas por la movilización adversaria. Y el día 23, por ejemplo, una convocatoria contra Janones terminó siendo superada por hashtags favorables a Lula, que ocuparon las primeras posiciones del ranking político de X. La izquierda brasileña y el campo democrático estaban descubriendo que la relación de fuerzas en las redes también podía ser alterada.
No tenemos duda de que esa dinámica fue decisiva para la victoria e impulsó a miles de personas a las calles y a las urnas. Su fuerza estaba en operar en el régimen —el nuestro— en el que la vida conectada y la vida en las calles se constituyen recíprocamente: encuentros, afectos e iniciativas circulan entre plataformas y espacios urbanos, pudiendo alimentar una misma movilización, una misma revuelta o una misma subordinación. En ese régimen, la metrópolis transpira datos en cada desplazamiento, conversación, interacción y clic. En una inversión de la imagen marxiana de la disolución de “lo sólido en el aire”, la propia dispersión se vuelve ahora un dato: deja rastros, se inscribe en las infraestructuras y retorna como fuerza capaz de organizar la vida material.
Los algoritmos son también campos de lucha y experimentación política, abiertos a la disputa desde abajo. La crítica está acostumbrada a reducirlos a dispositivos de vigilancia y control, ignorando la dimensión productiva del deseo que atraviesa esas infraestructuras, y que se apropia de sus posibilidades y produce nuevos agenciamientos.
Es claro que esa forma de coordinación impone sus límites: el lenguaje militar, la centralidad del comandante, la distribución vertical de las tareas y el poco espacio para la deliberación pueden reducir la participación a la ejecución de órdenes. Aun así, su efecto fue fundamental y permite retomar críticamente el análisis de Renan Santos, uno de los fundadores del MBL y candidato a la Presidencia por Missão, que obtuvo 2.675.887 votos, equivalentes al 2,24 % de los votos válidos, en la primera vuelta. Al contraponer la máquina petista 1.0 a la política digital y espectacularizada del bolsonarismo, Renan reconocía en Janones la aceleración que daba nuevo aliento al PT, pero seguía atribuyendo al PL[5] la dirección histórica de ese proceso.
Nuestra hipótesis es que ocurrió algo que va más allá de ese respiro: Janones ayudó a convertir un lulismo moribundo en punto de apoyo para un aceleracionismo de nuevo tipo, cuya potencia desbordaba las estructuras petistas. La movilización se apropió de los circuitos algorítmicos, los conectó con las calles y produjo una fuerza democrática capaz de alterar el rumbo de la disputa. La aceleración adquiría, así, otra dirección política, abriendo posibilidades que la identificación del futuro con la máquina bolsonarista no lograba aprehender. Por lo tanto, es innegable que su efecto fue fundamental: operó como una aceleración de la resistencia al bolsonarismo y de la movilización en defensa de la democracia. El desafío que tenemos es, por lo tanto, cómo transformar esa aceleración de la resistencia en una democracia aumentada. Y hacerlo sin ilusiones, incluso con relación a lo que podría llegar a ser un “janonismo”. Del mismo modo, pensar que los escándalos de Flávio vuelven irrelevantes los que manchan al STF y al propio gobierno de Lula es pensar que “ya está todo resuelto”, cuando en realidad todo puede volver y aún mucho peor.
El desafío abierto por la victoria es hacer que esa capacidad desborde las misiones electorales, creando espacios en los que los participantes puedan elaborar agendas, acoger divergencias, disputar orientaciones y producir sus propias iniciativas. Ese proceso se dará por dentro de las infraestructuras algorítmicas, disputando sus usos y sus formas de organización, o estará condenado al fracaso.
Lo que nos parece nítido es que, después de esta experiencia de invención política, retroceder hacia la tecnofobia sería abandonar un terreno cuya potencia acabamos de experimentar. Lo que necesitamos, por dentro de los algoritmos y en las luchas metropolitanas, es dar continuidad a las relaciones que la campaña activó, lo que exige, por lo tanto, montar y remontar esa maquinaria en dirección a más autonomía, más democracia y más producción de derechos. Es en ese pasaje donde la multitud algorítmica podrá desarrollar su potencia democrática.
Seguir movilizados
La derrota electoral del bolsonarismo deja en pie los poderes que sostienen su reproducción. La estructura miliciana, en particular, posee intereses y formas de actuación que sobrepasan el calendario electoral, mientras que, en el escenario internacional, el trumpismo (y el putinismo, que produce la guerra cognitiva y de alta escala en Europa) ofrece un horizonte de articulación y legitimación para esas fuerzas reaccionarias. La victoria brasileña interrumpe una ofensiva que integra una dinámica global, cuyas redes políticas, económicas y comunicacionales siguen operando, y esa amenaza permanece y buscará recomponerse, explotando las crisis y los límites del gobierno electo.
Por eso, la movilización que venció necesita continuar. Más allá del lulismo y del bolsonarismo, su agenda puede encontrar consistencia en la lucha por el tiempo de vida, por el ingreso, por los servicios públicos, por la seguridad y por la libertad de participar en la política sin coerción. La democratización de las instituciones y el combate a la corrupción integran ese mismo horizonte ineludible.
La victoria abre, así, una posibilidad y, al mismo tiempo, aumenta nuestra responsabilidad.
La fuerza que se constituyó entre las dos vueltas necesita participar en las decisiones sobre el país y la democracia que ayudó a preservar y, quién sabe, reinventar. Vencimos porque fuimos muchos, vencimos porque actuamos colectivamente. Es de esa experiencia de la que podemos partir para hacer avanzar la democracia brasileña.
[1] COCCO, Giuseppe; FORTES, Felipe. O bolsonarismo é um chavismo, como o de Trump. Universidade Nômade Brasil, 13 oct. 2026. Disponible en: https://uninomade.net/o-bolsonarismo-e-um-chavismo-como-o-de-trump/. Acceso el: 26 oct. 2026.
[2] Supremo Tribunal Federal (STF) es el tribunal constitucional más alto de Brasil y el órgano de cúpula del Poder Judicial del país. Tiene su sede en Brasilia y su función principal es velar por el cumplimiento de la Constitución Federal.
[3] Movimiento Brasil Libre
[4] Partido de extrema derecha
[5] Partido Liberal, liderizado por Jair y Flavio Bolsonaro
As opiniões expressas neste artigo são de responsabilidade exclusiva de seus autores e não refletem necessariamente a posição da Universidade Nômade.
