La sociedad de la ilusión. Para un diagrama del Chavismo (II):

por Jeudiel Martinez

 

Jeudiel Martinez

El re-moldeo de la gente, a quien ahora se le pide interpretar su papel, pero ya no solo como una masa inanimada, audiencia portadora de la justicia del rating, tontos participantes de programas de concursos o ganado aplaudidor, sino verdaderamente como héroes personalizados.

Serge Daney.

Desconfíen de los sueños de los demás porque, si caen presa del sueño de otro, están perdidos.

Deleuze.

 

Hemos definido  al chavismo como una estrategia de estatización cuyo objeto es introducir a la población en el estado convertido en una suerte de Arca (en el sentido de nave, de contenedor y de símbolo de alianza) en el que se refugia. A esa Arca o monumento viviente  le hemos llamado, siguiendo a Mumford, megamáquina.  Esto va mucho más allá del cliché liberal de la sociedad sometida al estado: se trata del proyecto de fusionarlos en un inmenso complejo corporativo, en que todos los procesos vitales están confundidos con la administración pública.

A la consigna central “unidad, unidad, unidad” le complementa otra: “nada fuera”. Típicamente neoarcaico, nos parece que  el chavismo representa no solo una respuesta esencialmente reactiva al neoliberalismo, un deseo ardiente por invertirlo (nacionalizar lo privatizado, regular lo desregulado)  una suerte de melodrama maniqueo en que lo público y lo privado combaten en una batalla cósmica, sino, más allá, una búsqueda religiosa,  metafísica,  en que la unidad estatal parece un medio para realizar el monoteísmo en la tierra.

La mega-maquina chavista, burocracia de burocracias, siempre fallando, siempre en colapso, ha logrado, sin embargo, consolidarse. Lo ha hecho desplegándose en   una serie de líneas muy específicas en las que ha podido gestionar la misma de-generación de la sociedad venezolana: biopolítica de la deuda y del consumo, neuropolitica del amor y la ilusión, cosmopolitica del colapso y una tanatopolítica del dominio por la violencia.

Estas son políticas del estado frente a esa multiplicidad llamada Venezuela: mientras el estado se reserva decidir qué política le conviene más para manejar a los que gobierna, a los gobernados se les trata de despolitizar, de reducir a relaciones de dependencia o complicidad con el estado. Hacerlo lo más libre posible frente a los venezolanos es el resultado más inmediato del funcionamiento de su megamáquina.

Amor e Ilusión.

Como vimos, la biopolítica del chavismo es, ante todo, una del consumo y de la deuda: incapaz de acceder a formas superiores de biopolítica (que redefinan los valores, escalas y modos de vida de los venezolanos) el estado se ha contentado con simular bienestar al inducir el consumo de una sociedad improductiva, pero como ese consumo depende de la circulación de la renta petrolera, como el estado es el que lo pone en marcha debido a su monopolio tanto de la renta como de las divisas, el resultado es una profunda relación de dependencia. Para consolidarla el chavismo ha hecho inoperante el discurso de la deuda y los derechos sociales, ese horizonte meramente reformista en que la izquierda afirmó, por décadas, su oposición al neoliberalismo.

Lo logró con una extraña consigna “solo en revolución” que quiere decir que el reconocimiento de los derechos sociales está condicionado a la permanencia del chavismo en el poder: como ningún otro gobierno, fuese el que fuese,  reconocería tales derechos la lógica de la deuda social queda completamente invertida: es ahora la población la que le debe al estado y responde ante él y no a la inversa.

La bolsa o la caja de comida que entregan los Claps y el llamado “Carnet de la Patria” han hecho explicito este golpe de fuerza que convierte al gobierno en el único quien decide que le toca a cada quien, el dueño de la participación.

Esta dependencia, como vimos, toma dos formas: una más directa, corporativa y clientelista que se aplica en pequeños territorios (Misiones y Consejos Comunales) y otros dispositivos más transversales que atraviesan a toda la sociedad y consisten en el monopolio y el control estatal del flujo de moneda.

Surge así la pareja –el agenciamiento- deuda/lealtad que existen tanto en la materia como en la forma, en el contenido como en la expresión: la deuda es la fuerza del estado sobre la gente, la dependencia en sí, y la lealtad es la aceptación activa de la dependencia, la adaptación de la conducta a la relación de dependencia. Ambas se expresan en los pedidos y reiteraciones de lealtad, en las consignas que recuerdan la deuda y la dependencia, en las burocracias que la organizan.

Sin embargo, así como la forma corporativa y territorial de la biopolítica no bastaba por si sola para plegar y atraer la población al estado, el agenciamiento deuda/lealtad fue repetido, redoblado en otro completamente distinto: amor/ilusión. Sin ser análogos y equivalentes a la deuda y la lealtad, estos dos los  doblan y reflejan, se combinan con ellos biyectivamente (deuda/ilusión-amor/lealtad) y, sobre todo, formando pares  entre los más afines.

La deuda y el amor son dobles  casi pasionales que resuenan entre sí en vínculos de dependencia que las  imbrican. La lealtad y la ilusión, que son activas y afectivas, lo hacen de manera más compleja pues es en ambas entra en juego la libertad (en su acepción restringida de margen de acción y en la más amplia de relación entre lo determinado y lo indeterminado): la lealtad es una conducta que, aunque subordinada, mantiene un margen de libertad, por eso no es  un simple  código, por eso es ambigua y objeto de desacuerdo político pues la dirigencia se reservará el derecho de añadir deberes o intensificar los existentes y los dirigidos de ignorar esas exigencias: el chavista de base no es capaz de cuestionar la idea de que deba ser leal pero si puede modular su lealtad (absteniéndose en unas elecciones y votando en otras, sacándole el cuerpo a una responsabilidad enojosa, evitando lo que la dirigencia quiere: una obediencia literalmente militar) y desplazarla (diciendo que es leal a “la revolución” o la “memoria de Chávez”) desplazamientos que han hecho posible la disidencia chavista.

Si la lealtad es una conducta, un margen de acción, la ilusión es un “margen de pensamiento”, una forma de entender y percibir, un juego interactivo: que se considera verdadero y que se considera falso, que es distinguido claramente y que se disuelve en el ruido, que es claro y distinto y que es confuso, que es real y que es irreal y que se puede esperar del futuro. La ilusión no es mera fantasía o espectáculo  y el chavista de base una especie de gamer prisionero de un juego en realidad aumentada del que no se puede sustraer.

Así, lo que la lealtad y la ilusión tienen en común es su forma participativa, de fragmento variable e indeterminado en una totalidad definida por la dirigencia, dentro de cada parte el militante ejerce su libertad dentro de un confín a veces extremadamente definido (como la autoridad y el poder de las Comunas y “batallones”) a veces más indeterminado (como ocurre con las opiniones y percepciones o la participación electoral). El chavista siempre es mucho más libre de lo que quisiera  la dirigencia pero mucho menos de lo que piensa que es.

La participación chavista –que ha despertado tantas y tan ingenuas ilusiones- no es, en este contexto, más que una programación de la libertad, una variante del empowerment que, desde los noventas, fue ensayado tanto en la empresa como en los proyectos de los organismos multilaterales: la consigna “la forma de acabar con la pobreza es darle poder a los pobres” no solo continúa lo que el Banco Mundial venía diciendo a propósito de la microempresa sino que supone la analogía con la autoridad legal y la circulación de dinero en que el poder puede ser transferido. Más allá, oculta deliberadamente un operador esencial: el que transfiere la autoridad,  quien decide cuando y como esta puede ser delegada.

Sometido a las formas más rígidas de representación, a los comandos más verticalistas, el chavismo no ha tenido momentos constituyentes que hagan de la “participación” una forma singular de poder y libertad, por el contrario, el todo del chavismo trasciende por completo a sus partes.

El chavismo se define como una combinación, un entrecruzamiento quirúrgico entre la televisión y la política social, entre las técnicas y procedimientos que tanto en el campo televisivo como en el de la empresa y de las políticas sociales fueron inventados en las dos décadas anteriores a la llegada de Chávez al poder para hacerlas participativas y por tanto, susceptibles de apropiarse del trabajo inmaterial de una fuerza de trabajo cada vez más afectiva e intelectualizada

La participación, entonces, consiste en dispositivos  capaces de darle márgenes de libertad a unos sujetos que, hablan de lo que se les pregunta, aparecen donde apunta el reflector, reciben la autoridad que deciden sus superiores, que no definen los límites  de su propia libertad, pero que están agradecidos de recibirla y por eso mismo, aportan no solo sus energías y capacidades sino su subjetividad entera a la organización que se las ha dado: el protagonista del reality TV, el microempresario financiado por el Banco Mundial, el manager junior de una tienda de comida rápida, son los medios-hermanos y primos de los funcionarios populares y los rebeldes obedientes que surgirán con el chavismo.

El sueño exterior.

No es en lo absoluto un truco semántico decir que en vez de Sociedad del Espectáculo, deberíamos hablar de sociedades de la ilusión, de un ilusionismo generalizado. Pero es un error confundir la ilusión con la fantasía, puede haber fantasías sin ilusiones, lo que define a las ilusiones es el ser creencias infelices, iluso es el que espera lo que no puede recibir, o más precisamente, el que espera algo de aquello que no puede darle lo que quiere: iluso no es el que cree que puede ser amado o hacerse rico, sino el que espera amor del que no puede amarle y riquezas de lo que va a llevarle a la bancarrota.

El chavismo es iluso: espera que el estado se destruya a si mismo con una revolución, que el caudillismo sobrepase la representación política, que el rentismo se haga productivo y que un pueblo al que se le pide lealtad y obediencia todo el tiempo sea la justificación última de la dirigencia que le somete.

Toda creencia “invoca actos que sobrepasan lo dado”, es decir, es una hipótesis sobre el futuro, un intento de darle forma, pero esto aplica para lo indeterminado y contingente, para lo abierto, para lo que puede ser: la ilusión es lo que es porque  se proyecta sobre lo ya cerrado y determinado, no solo es una creencia incompatible –e incomposible- con un mundo y un estado de cosas determinado (como esperar que surja un “estado comunal” de unas comunas sometidas al estado existente) sino una que reproduce ese mundo y ese estado de cosas en que la fantasía no podrá nunca realizarse, como tal, la ilusión implica un ciclo de expectativas y frustraciones que es característico de la política en la polarización.

Pero este uso político del ilusionismo, control de creencias y fantaseos, no es exclusivo de la política venezolana. Nos parece que hay una pragmática ilusoria de las imágenes y las creencias que ha reemplazado a la pragmática espectacular que denunció Debord en La Sociedad del Espectáculo.

En efecto, es sabido que desde Heidegger hasta Adorno y Debord imperó en Europa y américa latina  toda una línea de pensamiento que supone la en la idea de una separación consumada de la imagen y la realidad: la imagen autonomizada “bailaría” delante de los hombres condenados a una realidad empobrecida: reducidas a repetidores de movimientos mecanizados en el trabajo y a un espectadores pasivo en el descanso, las “masas” contemporáneas habrían perdido, como creía Adorno, toda capacidad de lucha o tendrían que huir de la cultura de masas y refugiarse en una contracultura o una amable cultura tradicional.

Pero la hipótesis de una “Sociedad del Espectáculo” no solo implica una relación de dominación,  supone también que la imagen es distinta de la cosa, y que ha tomado el poder sobre ella haciéndose su modelo, reduciéndola a copia de la imagen. El olvido de la doctrina ya milenaria de los simulacros de Lucrecio y la más reciente de Bergson de las imágenes como inmanentes a las cosas, tiene tal vez sus causas, no solo en la influencia de la dialéctica hegeliana,  sino en el ascenso, desde los años treinta, de una pragmática o un régimen espectacular de la imagen en las cuales estas son extraídas y enajenadas en el mundo aparte de la publicidad comercial y la propaganda gubernamental: los inquietantes murales de Europa Oriental, las imágenes publicitarias de Norman Rockwell tienen en común ese carácter de “mundo posible” pero incompatible con el dado, de utopía flotante o embotellada que contrasta vivamente con el empobrecimiento del mundo que se experimenta cada día.

https://www.youtube.com/watch?v=iTYUPuZGbes

Esta secuencia de Brazil de Terry Gillian muestra perfectamente la idea de la “separación consumada”, no se trata simplemente de que las imágenes sean extraídas, depuradas, “producidas” y luego coleccionadas en un imaginario e imbricadas en fantasías casi herméticas se trata de que estas imágenes se conviertan en un verdadero “lugar celeste” en el modelo o maqueta de la realidad, ante el que esta no podrá ser otra cosa que una copia más o menos pobre.

Nuestra hipótesis es que la pragmática de las ilusiones es una mutación en la del espectáculo que corresponde, básicamente, a los cambios en el capitalismo desde los años setentas y al nacimiento de las “sociedades de control”, pero no es simplemente un cambio decidido “desde arriba” por el management, al contrario, es producto tanto de la resistencia a formas de publicidad y propaganda que se demuestran arcaicas, como de un deseo creciente de los públicos de apropiarse directamente de los objetos estéticos.

En suma, la pragmática de la ilusión es producto del surgimiento de lo que Paolo Virno llama una “intelectualidad de masa” que trae consigo redes de cooperación y trabajo inmaterial cada vez más complejas. A esta actividad cada vez más intensa, los medios de comunicación, los propietarios de derechos de autor, los gobiernos y los organismos multilaterales responderán con una estrategia nueva: ya no disciplinando una acción cada vez más libre sino modulando la libertad de esas acciones.

Podría decirse que, desde los setentas, el espectáculo trata de simular profundidad, de hacerse tangible, como si la pantalla del cine se convirtiera en un horizonte en que el público  puede sumergirse, en una suerte de juego de video. Al hacerlo, el espectáculo como tal retrocede, pierde su centralidad y entramos en el periodo participativo de la actividad  estética: los juegos de Rol y de video, todas las tecnologías basadas en la interactividad, el empoderamiento en las empresas y todas las formas participativas de relación con los públicos, los gobernados o los consumidores son parte del mismo diagrama que ya no se basa en establecer una relación en que la mínima actividad permitida se corresponde con una máxima pasividad aceptable, lo que en el tiempo de trabajo hace la flexibilización y el empowerment, en el tiempo libre lo harán las distintas formas de participación.

Henry Jenkins ha estudiado las formas de la participación en el terreno del entretenimiento llamando “cultura pop” a la apropiación común, colectiva, de los objetos y experiencias estéticas, es decir, a la metamorfosis de la recepción en una producción en red, o si se quiere, en la devoraçao común de la “cultura de masas” que da paso a públicos singulares: las sofisticadas formas de cooperación entre el público que Jenkins describe en “Convergence Culture” no solo son ejemplares en el campo del entretenimiento, la lúdica y la estética sino en el de los medios de comunicación y las tecnologías participativas de gobierno.

¿Qué es la participación en este contexto? Una forma de control: una modulación de la libertad, de la ratio entre actividad y pasividad. Si la relación entre autor y público se hace cada vez más difusa entonces se le da al público la libertad de ejercer una autoría subalterna al mismo tiempo que se llevan al extremo los derechos de autor y la propiedad intelectual. En la empresa se convierte al subordinado en cuasi-gerente o, en algunos casos, se suprime por completo la gerencia pero se ratifican los derechos de propiedad. En el gobierno se asignan nuevas potestades a la población pero de carácter restringido y localizado (como en los presupuestos participativos) mientras se profundizan todas las formas de estado de excepción.

Es en este campo donde el chavismo, intelectualmente anclado en la primera mitad del siglo XX, (en el periodo fordista, disciplinario) se encuentra con el control aunque de una forma que es un poco anticuada: ha usado la informática extensamente más para hacer viables regulaciones y normas, como las del dólar, que nunca le han dado efectivo control sobre el valor de la moneda (aunque si sobre su flujo y como este llega a las manos de la gente) en las comunicaciones, característicamente, la afinidad es con la televisión que es el dispositivo más anticuado de control y poder a distancia.

A pesar de los grandes esfuerzos e inversiones que hace para tener “generadores de opinión” en el internet, tanto las redes sociales como la WWW parece encontrar a estos dos como  esencialmente hostiles (Hugo Chávez consideraba el internet un “bien suntuario” y la conexión venezolana es de las peores del mundo). En contrapartida una absurda proliferación de televisoras estatales inició desde 2006, constelación en la que, en el centro, se encuentra como astro indiscutido el Venezolana de Televisión, el canal oficial por excelencia cuya transmisión  es, en gran medida, la voz y el alma del chavismo, su doble inmaterial.

Es sabido que la televisión más que un medio artístico o de expresión es un mecanismo de poder, solo en la medida en que con el VHS y los formatos digitales el audiovisual se ha convertido en un documento cuyas recepciones y usos son definidas por el público, eso ha permitido que géneros como las series han ido deviniendo un nuevo medio de expresión artística, pero los dispositivos televisivos en sí, con su unidireccionalidad, son paradigmas del control en sus formas más crudas pero, paradójicamente, también centros de experimentación en la relación con el público, es decir, con las redes neurales colectivas.

Así, mientras el público comenzó como un  análogo del electorado (fundamento completamente pasivo de la actividad de la televisión excepto cuando provee el feedback a través de los ratings) luego fue incorporándolo cada vez más en el proceso de producción: como “ganado aplaudidor”, extras, entrevistados, y luego, como pseudo protagonistas en la reality TV.  En todo su diseño participativo el chavismo no ha hecho otra cosa que recoger y reordenar todas las formas de relación del emisor televisivo con el público, de las más pasivas a las más activas, pero combinándola con la política social en una serie de agenciamientos que son singularmente chavistas.

Si en cierta época se habló del carácter periodístico del fascismo, luego se vería la afinidad de los populismos con la radio-difusión, la combinación entre Perón y Evita, matrimonio esencialmente mediático,  es determinante. Pero la estrategia singularmente chavista consiste en confinar a la población de los barrios en el campo de la política social, de “lo social” y ya en ese campo, aplicar diferentes tipos de participación, desde las más activas a las más pasivas.

Así, a la subvaloración de lo popular en el terreno de la actividad política (pues este pueblo solo puede participar dentro de los confines de su comunidad en proyectos sociales o en estructuras corporativas y jerárquicas como los batallones del PSUV)  le corresponde un exceso de expresión semiótica: se habla del pueblo y de lo popular todo el tiempo, se le muestra, se le visibiliza -como dicen los ilusos- en una glorificación constante de una libertad confinada de la que el consejo comunal era la tragedia y los Clap son la farsa.

Esto es tan problemático a nivel conceptual y estético como lo es a nivel de relaciones de fuerzas: se hable de combatir la pobreza  pero el pueblo siempre es definido por ella, se trata de incentivar el consumo pero  la prosperidad sigue, en el discurso oficial, asociada con las clases medias, se condena la pobreza y la precariedad pero se glorifica al barrio, es decir, al ecosistema más pobre y precario de las ciudades venezolanas.

No hay solo  imbricación entre la deuda-lealtad con el amor-ilusión, hay verdadera inmanencia: existe una gran afinidad entre los procedimientos participativos de las biopolítica chavista con los de la televisión y las “industrias culturales”, pero también la actividad cotidiana en las misiones y el poder comunal recibe un tratamiento de reality Tv donde es expuesto constantemente: el “pueblo” o el “sujeto popular” se convierte en el gran entrevistado de la política venezolana, el protagonista de centenares de programas y audiovisuales donde el funcionariado le dice cuándo y de qué hablar.

Todo esto culmina en la  proyección de la ilusión, en  la pragmática de la imagen ilusoria: ya la esa imagen modélica, producida depurada, no “flota” aquí y allá como burbujas encerrando mundos posibles pero irrealizables, sino que es proyectada sobre el mundo dado tratando de que no se distinga entre una cosa y otra.

Esto es extremadamente peligroso pues este ilusionismo imita a la fabulación, las creencias felices, las  invenciones y los movimientos creadores: en efecto, en las fabulaciones las creencias fecundas, las hipótesis más audaces y las imágenes fantásticas se combinan, se agencian y proyectan en el mundo , “conquistar las estrellas” o  “comunicación telepática” son ejemplos de proyectos que son tan fantásticos como plausibles, que existen como ficciones literarias, objetos artísticos, e invenciones técnicas. De la primera es tan parte la llegada del Apolo la Luna como las novelas de julio Verne y las bizarras películas de los años cincuenta, de la segunda lo son las extravagantes creencias de ciertas sectas como la invención de las telecomunicaciones

Pero esto implica que lo verdadero y lo falso se hagan indiscernibles, que lo real y lo fantástico dejen de ser líneas paralelas y empiecen a converger: es así como entramos en un movimiento constante de actualización de lo fantástico que ha generado este mundo distopìco y de ciencia ficción en que vivimos.

Pero en la pragmática de la ilusión seguimos en un mundo “verídico”, determinista, en que ya sabemos bien  que puede ser y que no (El consejo comunal no puede destituir a un ministro, la viejita del barrio no puede darle órdenes a la policía) pero  las imágenes son usadas como filtro para la percepción de lo dado, para alimentar la ilusión de que se puede esperar del aparato de estado, del consejo comunal o de la dirigencia política,  cosas que, por su propio diseño, están vedadas.

Así, la ilusión es una estafa elaborada, brutal: consiste en hacernos buscar la potencia en la impotencia tal como el iluso particular busca el amor en la indiferencia y la riqueza en la bancarrota ¿y que otro fin puede tener tal estafa sino hacer indetectable la potencia? ¿Trazar un camino de trampas que nos separe de ella?.

Estas órdenes contradictorias, esta oposición interna entre la ilusión con las situaciones dadas, es lo que, los chavistas llaman, ingenuamente, las “contradicciones del proceso” pero estas no son contradicciones entre fuerzas o tendencias activas sino entre lo que la ilusión dicta que puede esperarse y lo que, en efecto, se recibe.

Si el chavismo es eminentemente retro, un extraño deja vu de la política de las izquierdas autoritarias de los sesentas y setentas,  La  ilusión es, de lo más contemporáneo que tiene: le vincula con American Idol, el Hip-Hop y el reggaetón, con toda una industria estética y publicitaria y hace de él un extraño vínculo entre los coroneles libios  y bolivianos con los publicistas y productores de Hollywood.

La ilusión es   el agenciamiento, la combinación activa, entre una creencia infeliz y un imaginario: hay en ella una parte dicha y una parte vista. Pero la efectividad de la ilusión chavista viene de su relación con el amor a Chávez, del que emana la creencia en el caudillo.

Eso es lo que, nos parece, responde la pregunta ¿Qué es el chavismo? Ser chavista es a la vez amar a Hugo Chávez, y creer en él, Chavismo es la organización de ese amor y esa creencia en una burocracia. Su efectividad consiste en que tanto las ilusiones mesiánicas y caudillistas de la Venezuela profunda como  todas las ilusiones que habían sido creadas por la cultura pop de izquierda desde los sesentas pasan a vincularse con Hugo Chávez, a ser subsumidas por él.

Así, la ilusión es el doble semiótico, afectivo, estético de la lealtad –que es, en definitiva, una lealtad personal- pero ella depende del amor a Hugo Chávez que es, a su vez, el doble afectivo, semiótico, estético, de la deuda con el aparato de estado. Lo que caracteriza al chavismo es que el complejo ilusorio no pueda sostenerse por sí mismo como una “fe en el sistema” sin pasar por el amor y la lealtad al caudillo.

Esa imposibilidad es una de la razones por las cuales, nos parece, tras la muerte de Chávez se ha tenido que recorrer a formas más directas de dependencia y coerción y el componente clientelista, disciplinario, ha tomado fuerza respecto al control neuropolítico que, a su vez, se ha hecho cada vez más policial y ortopédico.

Pero la ilusión chavista es, en definitiva, la ilusión personal de  Chávez. Una especie de sueño exterior, abierto, “participativo”, emana del caudillo y, al expresarse, se convierte en una constelación de imágenes-creencia, de “burbujas” de mundos imposibles que no pueden existir más allá de las fotografías, los videos, las canciones publicitarias: es el mundo que el seductor ofrece a sus enamorados: las “villas y castillos”, la “luna y las estrellas”, la promesa de placer y felicidad convertida en seducción colectiva, por eso las constantes inauguraciones eran tan importantes: eran los parques temáticos, el “archipiélago Disneylandia” del chavismo . Las fábricas que nunca funcionaron, los edificios inconclusos, la comuna, la imagen omnipresente de Hugo Chávez, ¿Qué eran sino las manifestaciones, las emanaciones de ese sueño exterior en que el caudillo atrapó a un país entero?

Más para que eso ocurriera era tan importante no solo establecer la dependencia y la lealtad con el estado sino algo  más sutil: enamorar a los venezolanos de Chávez o, en todo caso, ponerlos en un estado de exaltación sentimental, pasional con el caudillo. Convertirlo en el mesías personal de sus seguidores y el enemigo a muerte de sus adversarios.

Un mesías personal

¿Quieres o no quieres a Chávez?. Ridícula y sentimental esta pregunta, que oímos en 2006 era un síntoma de una nueva época que iniciaba: “No basta sólo con obedecerle, hay que amarle” hubieran podido decir citando a Orwell -al que siempre se le reconoce poco o demasiado.

Atrás iban quedando las ilusiones de hacer del chavismo el “movimiento popular” o nacional-popular que añoraba la izquierda de siempre;  en los grandes complejos del PSUV y del Poder Comunal se reinventaba definitivamente como “técnica de aglomeración” al tiempo que movilizaba un cambio constitucional que, fallido en 2007, terminó por ser consumado entre 2016 y 2017: la constitución del 99, progre y llena de buenas intenciones y demagogia jurídica,  daba paso, en  una lenta metamorfosis, a un régimen de partido único.

En el corazón de ese giro autoritario o totalitario estaba un nuevo militarismo, la analogía entre la vida pública y la organización militar (y por tanto el corporativismo) pero también  toda una industria mediática concentrada en incitar el amor al comandante, había algo religioso en todo ello, evidentemente, que no solo residía en el deseo de re-ligar a la sociedad venezolana a través del aparato de estado sino, literalmente, en todo un mito, un rito y un culto de la revolución y el comandante.

Lo que ocurre a partir de la campaña presidencial de 2006 no es que el caudillismo irrumpa en la política venezolana. Estaba allí desde que Chávez pronunció su famoso “por ahora” causando la más fantástica transformación incorporal de la política venezolana (¿o acaso desde la campaña presidencial de 1988?)los venezolanos tenían más de 10 años descubriendo cuan caudillistas eran,  hasta qué punto pensaban en términos de “un hombre que hace falta”, un “gendarme necesario” o un “máximo líder”…lo que cambia entonces  es que ese caudillismo es deliberadamente convertido en Culto a la Personalidad siguiendo procedimientos y técnicas claramente estalinistas. Ahí reside la verdad sobre el “modelo cubano” que tanto atormenta a la oposición anticomunista.

Realmente el chavismo no necesitaba fijarse en Cuba para encontrar un modelo para su estatismo: ya existía desde los gobiernos de la llamada IV República: prácticamente todas las políticas, todos los procedimientos, todos los dispositivos de estatización usados por el chavismo los encontramos ya en Rafael Caldera, en Carlos Andrés Perez, en Jaime Lusinchi (a quienes Chávez, en su confusión, consideraba neoliberales) el chavismo los pudo llevar a extremos fantásticos, delirantes (aunque, allá en los setentas, el estado “saudita” ya era considerado bastante desquiciado), el “modelo cubano” tampoco se actualiza en el sistema de Partido Único que no se podía implantar en Venezuela  (el chavismo siempre ha querido estar, como el PRI mexicano, enfrentado a una oposición a la vez complaciente y  condenada a perder), es en el Culto a la Personalidad, donde el chavismo toma a la nomenclatura cubana como su modelo.

Desde 1961 en Cuba ya había iniciado la devoraçao del  estalinismo soviético por el caudillismo caribeño. Un movimiento nacional-popular armado se organiza al estilo de la nomenklatura de la URSS. Pero por más imitativa que haya sido la formación del poder constituido en Cuba no carece de cierta inventiva: los dirigentes son, ante todo, comandantes militares, son líderes en una guerra que no puede terminar nunca y que se divide en   tantos frentes como lo decidan los comandantes (“la canción es un arma de la revolución”, “artillería del pensamiento”), Que el comandante militar sea la cabeza del estado o del movimiento era desconocido en Rusia e incluso en China: Stalin y Mao son jefes del partido, en el caso de Fidel Castro (y en cierto sentido de la dirigencia de las revoluciones libia y argelina) los títulos políticos parecen consecuencias del comando militar: se es secretario general o presidente porque se es el comandante en  una guerra infinita y no al revés.

El comandantismo es  un militarismo típicamente de izquierdas en que la lucha política es interpretada como guerra y el campo social organizado en analogía a la corporación militar. La “innovación” típicamente cubana –o latinoamericana- es que el Comandante deviene una figura extraordinaria, verdadero centro de una constelación política singular. Los comandantes guerrilleros o revolucionarios son todos una suerte de aristocracia guerrera objeto de adoración, pero el Comandante Supremo, el comandante de comandantes, va más allá: es una figura completamente sacra a la que no solo se le obedece sino que se le ama.

Pero la singularidad del culto a la personalidad de Hugo Chávez está menos en ser el continuador de un linaje de culto al comandante sino en un giro crístico de ese culto que le distingue en la adoración dada a comandantes como Guevara, Cienfuegos o el mismo Castro.

Todo  culto a la personalidad es un enamoramiento con las imágenes, con los simulacros que solo es posible allí donde la imagen es técnicamente reproductible y emitible gracias al cine, la radio o la televisión.  Del cuerpo del amado  emerge el  flujo de simulacros  “Yo pertenezco al grupo de los pobres diablos que salen noche a noche del cinematógrafo enamorados de una estrella. (…) Siendo como soy, se comprende muy bien que el advenimiento del cinematógrafo haya sido para mí el comienzo de una nueva erasean las celebridades, los caudillos o incluso ficciones como los superhéroes tenemos la misma relación aunque en variación continua.

Todo culto a la personalidad supone que se cree un campo estético que brota desde el cuerpo del adorado: su imagen, todos sus signos,  tienen que circular hasta el punto que se haga parte del medio ambiente, el verso cursi de Neruda “todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada” se convierte en una instrucción, en un comando.

Pero ningún campo estético es más intenso que el de los caudillos, dictadores u hombres fuertes. En el caso de las estrellas, los gurús empresariales y los héroes ficticios no se trata solo de que , ellos no puedan imponer su imagen en un espacio público, se trata de que hay una economía de la imagen que define cómo y cuánto debe manifestarse la imagen, en el caso de las “vedettes de la decisión” su presencia misma es coercitiva. Con las celebridades y personajes ficticios hay modulaciones de la presencia dictadas por la conveniencia publicitaria, momentos de saturación y de bajo perfil, pero en el de los hombres de poder siempre tiene que haber sobreexposición, lo que para otros famosos es saturación para el comandante, el caudillo, el amado líder es apenas el mínimo de exposición necesaria, así, el culto a la personalidad es el de la publicidad coercitiva.

Como en otros casos de culto a la personalidad la imagen de Chávez se hizo inseparable del estado y de su tendencia política, pero en Venezuela la voz y el rostro de Chávez no solo lograban, como en todas partes, atravesar el cuerpo de las personas, incrustarse en ellos, sino darle  su consistencia al aparato de estado.

Fernando Coronil fue, tal vez, el primero en darse cuenta que el chavismo parecía obtener su consistencia de la constante cantinela del comandante, es que en efecto, Chávez jamás se callaba, no se trataba solo de que sus alocuciones fuesen interminables,  tal como las de Castro, es que el caudillo parecía saltar de una a la otra, de una cadena presidencial a un acto público, de un mitin al Aló Presidente, esa extraña mixtura de todos los géneros televisivos conocidos.

Así, el flujo de la ilusión chavista, de las creencias desafortunadas, de las fantasías, era indistinguible de un flujo de la imagen y los simulacros de Chávez: si la ilusión en las comunas, las fabriquitas, los proyectos disparatados era efectiva era porque ella era la ilusión misma de Chávez, la exteriorización de sus propias imaginaciones convertidas en un mundo de cartón piedra al que se invitaba a sus seguidores a habitar tal como e invita a los fans a hacerlo con el de Marvel o Star Wars.

Así, al flujo de la imagen sonora, de la voz de Chávez ( y la voz del comandante no solo era su cantinela, sino sus recitaciones, sus énfasis, sus chistes, sus canciones como “Patria Querida” ritornello infantil que sería como la banda sonora de la descomposición de la gubernamentalidad chavista) se une el de sus imagen-afección, es decir, el rostro del comandante, sonriente, conmovido, amoroso, irritado, inspirado, continuado en las imágenes acción de sus mítines y sus aló presidente donde se mostraba decidiendo, reprendiendo a los ministros, reaccionando a los ataques de estos o aquellos…

La ilusión chavista emerge entonces como una continuación de la imagen  que brota de Hugo Chávez: el país entero se convierte en escenografía, edición y transmisión de sus logros, sus proyectos, sus iniciativas, de su constante inauguración de cosas de las que nunca sabemos si se concluyeron o funcionaron pero que cumplieron con la doble función de hacer fluir el dinero público y de hacer creer en un mundo posible que estaba naciendo: ya el estado es otra cosa porque el presidente abraza a una viejita, porque ha inaugurado una fábrica, porque ha citado a Mao, su sonrisa demuestra que existe un mundo de alegría o esperanza, su ira que hay uno de justicia.

Tan esencial llegó a ser este fluir de la imagen de Chávez que, interrumpido, ha tenido que ser reemplazado, malamente, precariamente, por uno del Canal del Estado tratando de mantener la ilusión en pie. Si el chavismo duro es dependiente, adicto se podría decir, a esa emisión permanente, también es cierto que, ido Chávez, esta perdió toda atracción para el venezolano común, y VTV, terminó como un extraño planeta-ficción creado para refugio del chavismo duro.

Como el culto a la personalidad es simplemente una variante de la pragmática espectacular implica un doble vínculo entre  una realidad empobrecida y enajenada de su reflejo o repetición espectacular, en este caso entre la de los amados y los amantes, las grandes vedettes o ídolos y sus fanáticos o seguidores: no se trata de si el seguidor tiene que ser repulsivo o impotente allí donde el ídolo es seductor o poderoso, sino que el ídolo es el portador de una potencia inalcanzable menos “modelo a seguir” que ídolo para adorar (en ese sentido Guevara, como santo de la subversión armada al que siempre se puede emular, se opone a Castro que es irremplazable)

Una vez más estamos ante una confusión muy peligrosa: el ídolo no es un fantasma que se pueda perseguir, una imagen de una potencia a la que se puede aspirar, algo que pueda ser devorado y hecho propio pues  de antemano el amante sabe que no puede llegar a ser como el amado, de ahí todas las formas de mimesis que encontramos, por ejemplo, en la cirugía estética: la adoradora de una estrella no buscará tener en común con ella cierto estilo, cierta cualidad común, sino que tratara de moldear su cuerpo según el modelo de otro desfigurándose horriblemente en el proceso.

El ídolo, el amado, entonces, no signa aquello a lo que se puede aspirar sino aquello que, estando vedado, solo queda adorar desde lejos. El culto a la personalidad moderno nace entonces como toda una tecnología para confeccionar y proyectar imágenes y afectos de las estrellas, líderes y vedettes generando un amor mayestático, contemplativo, una adoración que polariza entre humildes y soberbios.

Pero como esa desvalorización de la singularidad propia genera tantas y tan variadas resistencias, todas las formas de culto a la personalidad han ido mutando a nuevas modalidades en el que el amor mayestático, la adoración, se duplica y se refuerza en un amor pseudo-fraterno, en la identificación con el amado líder o la estrella. Para ello el adorado tendrá que desdoblarse también en una imagen humilde y otra soberbia, una en que es “uno más de nosotros” y otra en que juzga desde arriba: Norma Jean y Marilyn, Clark Kent y Superman, el “Arañero” y el Comandante eterno, toda una tecnología del amor al poder que se afinca tanto en la identificación con todo lo que el amante tiene en común con el amado, como en aquello de lo que el amante jamás podrá participar.

Que los ídolos aparezcan por un lado como amigos, compinches, demasiado humanos y por el otro inaccesibles, sobrehumanos, es requerido para todas las formas de culto a la personalidad desde los años cincuenta. Tal vez el agenciamiento Perón-Evita anuncia el nacimiento de esta otra modalidad pues si Evita abraza y se abre a los descamisados, Perón sigue siendo el señor autoritario e inaccesible, tal vez  solo en la medida en que se pasa de la adoración y el amor mayestático a formas activas, participativas, es que podemos hablar, propiamente, de culto.

El éxito sin precedentes de Hugo Chávez en fundar su culto a la personalidad consiste en, precisamente, reinventar toda la tecnología de poder basada en el amor al comandante, reinvención estética y religiosa  de la imagen del comandante que se desdobla en el humilde hijo del pueblo, el arañero, que abraza a las viejitas y habla con los mendigos y el poderoso comandante que decide, juzga y decreta desde el palacio. También neoarcaico en ese sentido Chávez retorna a la dualidad crística para consolidar su culto a la personalidad: ya no solo es el pantokrator que juzga al mundo, el señor al que se le debe todo sino también el humilde predicador, el niño del barrio pobre, humilde entre los humildes pero destinado a hacerse eterno.

Reinvención en la comunicación porque el comandante, el ídolo, deja de ser alguien que simplemente aparece en los medios para convertirse en un hombre de los medios, animador, locutor, anfitrión de un programa de televisión maratónico, estrella pop que hace de las manifestaciones verdaderos performances: si Castro era un guerrero y un hombre de estado que aprendió a manejar los medios, Chávez era un militar que descubre que la comunicación es su terreno natural.

Las interfaces se multiplican, y el comandante, aunque sumergido en una transmisión televisiva casi permanente  combina todas las formas de publicidad y comunicación conocidas – su cuenta de Twitter será una de las más exitosas del mundo. En su caso, ciertamente, el medio es el mensaje, el mismo personifica la “convergencia de medios” de la que habla Jenkins y su figura es un medio de medios… ¿pero qué es lo que comunica Chávez? No solo su  imagen sino su amor, es un lugar común de la demagogia decir que los lideres vienen del pueblo, pero la singularidad del culto a la personalidad de Chávez es que declara, repetitivamente, su amor por el pueblo y la Buena Nueva de que ha traído una nueva época para los pobres de la tierra: es la promesa más vieja y desgastada del mundo y por eso  la más renovada, si en la biopolítica más básica el chavismo reinventa el clientelismo, en la neuropolitica reinventa el cristianismo en un masivo culto “evangélico”, una Buena Nueva sobre el líder que ha sacado al pueblo de las tinieblas y le lleva a la salvación.

Las nociones confusas comunes entre los chavistas (que Chávez trajo la educación gratuita a Venezuela, que fue el primero en darle altos cargos a mujeres, que rompió con años de neoliberalismo) son muy fáciles de rebatir, pero dentro de la Buena Nueva chavista es inconcebible que Venezuela haya sido otra cosa que un infierno antes de la llegada de Hugo Chávez. Cualquier reconocimiento de conquistas, de alguna dignidad en la vida, de una lucha efectiva  antes de su llegada al poder solo pueden menoscabarlo y  gracias a que el culto de la personalidad de Chávez tuvo un éxito enorme en la izquierda de  américa latina (tan acostumbrada ya a la adoración) esa imagen caricaturesca de nuestro pasado se ha difundido por todo el continente.

En fin, el culto de la personalidad de Chávez consiste en hacerle el doble espiritual del estado, en hacer fluir el estado en todas las almas al atravesarlos con las imágenes del comandante, pero la imagen es portadora y receptora de afectos, no solo muestra y hace presente al amado sino que acarrea y recibe su amor.

Esto es esencial pues el vínculo de dependencia que ya existía materialmente en el flujo de bienes y objetos de deseo, se duplica en el de las imágenes: ya no solo se depende del estado sino que se le ama, la función de Hugo Chávez no solo consiste en comandar y unificar a ese estado que, lentamente, devora a toda la sociedad sino en hacer que ese estado sea amable. Las interfaces comunicativas que establece Chávez se hacen, entonces, tan importantes como aquellas biopolítica, clientelares, en que el estado transfiere bienes, servicios, dinero…

Es así como la conjunción de la deuda y el amor (el amor al deudor, al proveedor) hace posible aquella entre lealtad e ilusión: la lealtad, directa o indirectamente, es a Chávez y a lo que brota de Chávez, la ilusión es un sueño común que se comparte con él y que brota con su misma imagen, la creencia en el chavismo no es más que una extensión de la creencia en Chávez, en su promesa de salvación, y esa creencia un efecto del amor. Chávez pasa a ser tanto un ídolo como una marca, un fenómeno eminentemente  publicitario. Por ello puede decirse que no hay realmente una “ideología” o un pensamiento propiamente chavista, el chavismo es, ante todo, creer en Hugo Chávez porque se ama a Hugo Chávez.

Así, el amor al comandante y la creencia en el comandante, crean el marco neuropolítico en que los chavistas piensan, perciben, actúan. Todas las bizarras racionalizaciones para justificar lo que el gobierno hace, las técnicas de propaganda, la inserción de matrices de opinión (y toda la “doxonomía” organizada en ideas bizarras como la de la Guerra Económica) suponen ya un sujeto que no solo depende y debe al estado, sino uno que ama y cree en Hugo Chávez.

La desconcertante capacidad del chavista de creerse cualquier cosa, de justificar cualquier cosa, de descartar las percepciones y pensamientos inconvenientes no vienen de un “adoctrinamiento” que discipline el pensamiento y la palabra, sino de un intenso control a través del amor, de la creencia y la deuda, en suma, capturar a millones si no en los sueños del comandante, al menos en sus ilusiones en un interminable juego interactivo, bizarra versión del Pokemon Go, en que todavía están inmersos millones.

 


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